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Si no
fuera por un gran movimiento de agua… ¿cómo se explica que
en la cumbre del Everest se encuentren restos de peces
fosilizados o que en el monte Ararat haya depósitos de sales
marinas? En algún momento del pasado, este planeta estuvo
cubierto por el agua. Algunos piensan que fue hace unos
5.000 años, mientras otros creen que fue mucho tiempo antes.
Son
tantas y tan similares las versiones del diluvio en las
distintas culturas que incluso en La Biblia se da el caso de
dos relatos de la catástrofe. Se supone, dada la
coincidencia del protagonista (Noé), que se trata de
un mismo hecho, que la tradición oral fue puliendo con el
transcurso de los años y que los primeros copistas
decidieron entremezclar en su relato. La versión más antigua
(denominada Yavista) data del siglo VIII antes de Cristo.
En el
relato bíblico, se lee en el Génesis (6:5) “Y vio Jehová
que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que
todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era
de continuo solamente mal. Y se arrepintió Jehová de haber
hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo
Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que
he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el
reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos
hecho. Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová”.
Luego
de indicarle a Noé las medidas y los elementos con que debía
construir su embarcación, el Dios se dirigió a su ciervo: “Dijo
luego Jehová a Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca;
porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación.
De todo animal limpio tomarás siete parejas, macho y su
hembra; mas de los animales que no son limpios, una pareja,
el macho y su hembra. También de las aves de los cielos,
siete parejas, macho y hembra, para conservar viva la
especie sobre la faz de la tierra. Porque pasados aún siete
días, yo haré llover sobre la tierra cuarenta días y
cuarenta noches; y raeré de sobre la faz de la tierra a todo
ser viviente” (Génesis, 7:1-4).

Luego
de las intensas lluvias que exterminaron la vida del
planeta, Noé desembarcó en el monte Ararat, el pico más alto
de Turquía, comenzando una nueva etapa.
Este
es el relato que más conocemos en occidente, pero a
continuación veremos como el relato bíblico de la odisea de
Noé no es único, y tal vez, ni siquiera sea el original, ya
que hay evidencias que llevan a pensar que fue tomado de
otras culturas y adaptado.
Como
ya he comentado, a mediados del siglo XIX, se iniciaron las
excavaciones en Nínive; de allí más de 20.000 tablillas de
arcilla fueron llevadas al Museo de Londres; pero en el
camino se rompieron y mezclaron, por lo que descifrarlas
parecía una tarea imposible, teniendo en cuenta que el
lenguaje asirio-babilónico en el que estaban escritas fue
descifrado tiempo después. La solución la encontró George
Smith -un diseñador de billetes- quien tras ardua labor,
asombró al mundo con su libro publicado en 1872, al que
tituló “El Relato Caldeo del Diluvio”.
Se
había logrado extraer de Nínive la enorme biblioteca del rey
de Babilonia Assurbanipal, que vivió en el siglo VII a.C. y
que hizo que sus escribas dejasen para la posteridad las
mejores obras de la cultura mesopotámica.
Entre lo hallado estaba la “Tablilla XI” de 326
líneas, de las cuales más de 200 hablan del diluvio y fue
así que encontraron la epopeya de Gilgamés, un
personaje épico que ubica a un antepasado que ha alcanzado
la inmortalidad y este le refiere su aventura.
Su
predecesor inmortal no es otro que Uta-Napishtim,
quien cuenta a Gilgamés que los dioses Anu (padre de todos),
Enlil (el valiente), su consejero Ninurta, el
portaestandarte Ennugi y el inspector de canales Ea; deciden
exterminar al género humano, pero ven virtuoso solo a Uta-Napishtim,
a quien ordenan construir una nave, renunciar a sus riquezas
y salvar su vida. Le dicen: “Construye una nave de
dimensiones proporcionadas, con la misma anchura y altura y
mete dentro semilla de toda vida existente”. Se cree que
esa nave tendría una superficie de 3.500 metros cuadrados,
con 120 codos de alto (equivalentes a 83,20 metros) y otro
tanto de ancho, divididos en siete pisos con nueve partes
cada uno de ellos.
El
inmortal Uta-Napishtim le cuenta a Gilgamés: “El dios
Shamash me había fijado el momento, por la mañana lloverá
salvado y por la tarde trigo; en ese momento entra a la nave
y cierra su puerta”. Continúa contándole que cuando el
momento llegó, al amanecer “surgió de los cielos una nube
negra sobre la que cabalgaban los dioses” (el término
“cabalgaban los dioses” parece hacer referencia a naves
sobrevolando el lugar).
Fue
entonces que se desató una enorme tempestad que barrió el
país, ya que durante seis días y seis noches sopló el
viento, el diluvio y la tormenta. Al séptimo día todo se
calmó. Reinaba un enorme silencio, la humanidad se había
convertido en barro -sigue contando- abrió una ventana y el
resplandor del sol cayó sobre su mejilla, entonces se puso a
llorar. Miró hacia el horizonte y a unas doce leguas vio una
montaña que se alzaba sobre las aguas. La nave se detuvo en
el monte Nisir (se cree que es otro nombre del monte Ararat
o pertenece a la zona), donde estuvo encallada por espacio
de siete días. Cuando llegó el séptimo día, soltó una
paloma, la cual se fue pero no hallando lugar en que
posarse, volvió. Transcurridos varios días, soltó un cuervo,
el cual revoloteó, graznó y no volvió. Entonces soltó a
todos los animales, dejándolos en libertad para que se
reprodujesen y poblaran la Tierra.
Siguieron apareciendo tablillas, no solo en Nínive, sino
también en Assur, Uruk, Nippur, Sippar y Ur. Todas coinciden
en el contenido del relato de Uta-Napishtim, aunque los
personajes se llaman Atrahasis (asirios) y
Ziusudra (sumerios).
De
todos los relatos, hay un texto (desgraciadamente muy
mutilado) encontrado en Hilprecht, correspondiente a la
versión babilónica que se remonta al segundo milenio
anterior a nuestra Era; el cual es el más antiguo de los que
se tiene conocimiento, aunque todavía queda por encontrar el
original sumerio que dio origen a esta copia guardada en la
biblioteca del rey Asurbanipal.
Se
deduce que en la cuenca existente entre los ríos Tigris y
Éufrates, se produjo, unos 3.000 años antes de Cristo, un
gran cataclismo en forma de diluvio que quedó ampliamente
documentado y que con el tiempo fue transferido a otras
culturas, por los colonizadores que se afincaron en
distintas partes del planeta.
Así
habría llegado a Moisés (en el 1.500 a.C.), quien lo recogió
de tradiciones orales de antiguos judíos. De esta misma
forma habría llegado a Beroso, un sacerdote babilonio
de Marduk, que lo escribió en el 275 a.C., siendo
posteriormente difundido este relato por el historiador
griego Alejandro Polistor en el siglo I a.C. y más
tarde por los relatores romanos.
La
versión de Beroso cuenta que, una vez muerto Ardates, su
hijo Xisutros se convirtió en monarca y fue durante
su reinado cuando tuvo lugar el gran cataclismo, cuya
historia queda aquí descripta: Durante el sueño se le
apareció Cronos, quien le comunicó que el día 15 del mes de
Daisios (15 de mayo), los hombres serían destruidos por un
cataclismo. Le ordenó que escondiera en lugar seguro los
escritos, enterrándolos en Sippar, la ciudad del Sol, y
luego construyera una nave en la que debían entrar su
familia y amigos más íntimos, con alimentos y bebidas, junto
con animales, aves y cuadrúpedos, y después de haberlo
preparado todo, navegar dejándose llevar. Si alguien
preguntaba hacia donde iba, debía responder que hacia los
dioses, para rogar que sucedan cosas buenas a los hombres.
Xisutros obedece las órdenes y construye un barco, de cinco
estadios de largo y dos de ancho (algo así como 870x350
metros) y una vez arregladas las cosas, según las
instrucciones recibidas, embarcó junto con su mujer, sus
hijos y los amigos más cercanos. Habiéndose producido el
cataclismo y varada la nave, Xisutros soltó algunas aves,
que retornaron al barco al no encontrar alimento ni lugar en
que posarse. Al cabo de algunos días volvió a soltarlas y
volvieron con las patas cubiertas de barro y a la tercera
vez, las aves no regresaron. Desembarcó con su mujer, su
hija y el piloto de la nave, erigieron un altar en el lugar
y realizaron un sacrificio a los dioses, para luego
desaparecer. Los que habían quedado en la nave, al ver que
no volvían, desembarcaron preocupados, pero solo escucharon
la voz de Xisutros que les pedía que fueran piadosos, ya que
gracias a esa piedad se habían salvado, contándoles además
que él y su familia se habían reunido con los dioses (por
eso lo escuchaban pero no lo veían). Les ordenó regresar a
Babilonia, desenterrar las escrituras para darlas a conocer
a los hombres, fundar nuevas ciudades y erigir templos en
honor a los dioses. También les dijo que se encontraban en
el país de Armenia.
Beroso
termina su relato diciendo que hay restos de la nave en los
montes Cordienos de Armenia y los fragmentos sirven de
amuletos contra los males.
Otro
de los lugares donde podemos encontrar vestigios del diluvio
universal es en Asia. En el Vishnú Purana hindú se dice que
el Samvartaka volverá a destruir el universo, como ya
ocurrió en épocas pasadas, haciendo caer lluvias
torrenciales por un período de doce años, hasta que se
sumerja toda la tierra y muera así toda la humanidad. Luego
vendrá un resurgimiento del cielo y, con ello, la vida en el
planeta nuevamente.
El
Shatapatha Brahmana cuenta como a Manú (el primer
hombre), un pez agradecido por las caricias que le había
dispensado, le avisa que se avecina un gran diluvio que
terminará con la vida en el planeta.
Manú,
siguiendo las indicaciones del pez, construyó una
embarcación, dentro de la cual esperó que finalizara la
lluvia. Una vez, terminado el diluvio, la nave se encontraba
en la cima de una montaña. Cuando bajaron las aguas, Manú
realizó un sacrificio en honor a los dioses, vertiendo
manteca y crema agria sobre las aguas y al cabo de un año
emergió una mujer, conocida como la Hija de Manú, con la que
se unió para dar origen a la nueva generación humana.
En la
cultura china el agua siempre ha estado en relación con el
nacimiento de la humanidad. Fue el gran héroe Yü (el domador
de las aguas) quien consiguió que la masa líquida se
retirara hacia el mar, logrando tierras aptas para el
cultivo.
De los
distintos relatos del diluvio, se encuentra el de Fah-le que
fue ocasionado por la crecida de los ríos en el 2.300 a.C.
Pero
la más antigua de las tradiciones, cuenta que Nu-wah
se salvó junto a su mujer, sus tres hijos y las esposas de
éstos en una embarcación donde dieron cabida a una pareja de
cada animal conocido.
Tan
importante es esta leyenda de Nu-wah que hoy en día se
escribe la palabra “nave” en chino, representada por una
barca con ocho bocas adentro (en alusión a los ocho seres
que se salvaron de la catástrofe).
También las culturas americanas tienen referencias a
diluvios, y tal vez el más significativo sea el de
Viracocha, el dios de los Incas.
Viracocha creó una raza de gigantes, pero luego se
arrepintió y decidió hacer hombres a su imagen y semejanza
(al igual que encontramos en La Biblia, aunque no hay
posibilidades de inspiración entre una y otra cultura;
dándonos también la pista que los dioses tenían morfología
humana).
El
dios los instruyó en la agricultura y las ciencias, pero un
gran número de estos humanos cayó en tentaciones y vicios,
violando los mandamientos de Viracocha; por lo que el dios
los maldijo y dispersó, convirtiendo a algunos en piedras, a
otros en animales y al resto les envió el “Uno Pachacuti”
(diluvio universal), donde murieron.
Un mes
antes del diluvio, los animales presintieron la catástrofe,
por lo que las llamas y las vicuñas perdieron el apetito y
se juntaban a la caída del sol mirando fijamente el cielo.
El pastor que las cuidaba, intrigado por esta actitud, las
interrogó y fue así que le contaron que dos estrellas se
acercarían hasta tocarse y en ese momento, el mundo quedaría
sumergido bajo las aguas. El pastor, muy impresionado por la
noticia, no perdió el tiempo y reunió a su familia, juntó
abundantes alimentos y reuniendo su rebaño buscó refugio en
la cumbre de la montaña Ancasmara; descendiendo sesenta dias
después cuando las lluvias cesaron y el cataclismo había
sepultado la tierra bajo las aguas. Estos seres salvados del
diluvio, fueron los antepasados de los Incas.
Las
leyendas Aztecas dan cuenta de dos diluvios. Este pueblo
habla de cuatro edades (en la primera de las cuales vivieron
los gigantes, al igual que en el Génesis bíblico). En uno de
los diluvios “las aguas de arriba se juntaron con las
aguas de abajo, borran los horizontes y hacen de todo un
océano cósmico sin tiempo”. El segundo diluvio se
produce en la cuarta época, mientras gobernaba la diosa del
agua, su universo desapareció bajo las aguas del cielo y los
hombres se salvaron convirtiéndose en peces.

Los
Mayas tienen también su leyenda diluviana llamada
“Haiyococab” (agua sobre la tierra). Según las crónicas del
obispo católico Bartolomé De Las Casas, los indígenas le
llaman Butic que significa “diluvio de muchas aguas”,
haciendo referencia a este cataclismo como un juicio y creen
que llegará otro juicio, pero esta vez de fuego.
Hay
que tener en cuenta que solo los acadios, babilonios y
sumerios, coinciden en que el arca llegó al Monte Ararat (al
igual que el Noé bíblico), es decir en una zona lejana al
punto de partida; mientras que las demás leyendas siempre se
refieren a un monte local: así es que los griegos hablan del
monte Parnaso, los hindúes del Himalaya y los indígenas
norteamericanos del monte Keddi Peak, en California.
Prácticamente, todas las razas y pueblos cuentan entre sus
leyendas con la del hombre (por lo general junto a su
familia) que por gracia divina, se salva de un castigo en
forma de diluvio que termina con los humanos y los animales.
En la mayoría de los casos, este elegido de los dioses salva
una pareja de cada especie animal y junto a sus familiares
conforma la nueva generación de la raza humana.
Se
puede decir que es el único acontecimiento que toda la
humanidad ha compartido casi al mismo tiempo.
Pero
más allá de las leyendas y creencias, lo que nos puede
acercar a la verdad es, sin lugar a dudas, la prueba
arqueológica.
Se
sabe que más del 75% de la tierra está formada por depósitos
sedimentarios y hay lugares -como en la India- donde los hay
de hasta veinte kilómetros de profundidad.
Hay un
dato sorprendente: los geólogos han encontrado en los
depósitos sedimentarios, cantidades de fósiles entre los que
aparecen restos humanos, animales, plantas y utensilios,
todo mezclado. Se ha llegado a la conclusión que para que se
produjese este hecho fue necesaria la presencia de un medio
aglutinante, que moviera todo en la misma dirección y que
todo quedara en un lugar, para ser sepultado por el aluvión.
Incluso se han encontrado fósiles de insectos en los que no
hay huellas de desintegración, lo que habla de una muerte
súbita y de un enterramiento casi instantáneo. Esto es
característico de un hecho ocasionado por una gran ola de
agua, seguida de un asentamiento de todas las partículas en
flotación.
Quizás
la gran prueba -la definitiva- de esta catástrofe sería
encontrar la nave que salvó a una familia y a un grupo de
animales, la famosa Arca, que dicen las crónicas se
encuentra atrapada en la cumbre del Monte Ararat, un lugar
de nieves eternas y de difícil acceso. A pesar de varias
expediciones fallidas que solo han conseguido rescatar
trozos de antiguas maderas fosilizadas y de fotos
satelitales que muestran dos grandes masas oscuras que
parecen ser la nave (la que se habría partido), nada aún
permite afirmar categóricamente la existencia.
Estos
relatos demuestran que, aunque cambien los nombres, Xisutros
sería el Ziusudra sumerio, lo mismo que el Atrahasis asirio,
el Noé bíblico, el pastor Inca, el Manú hindú, el Nu-wah
chino y el Uta-Napishtim babilónico, además de tantos otros
de diferentes culturas.
Quizás
todos hacen referencia a un único relato, tal vez muy
relacionado con sobrevivientes de Atlántida, Lemuria o
alguna de las civilizaciones sepultadas por las aguas, allá
en los comienzos olvidados de nuestra historia, o para mejor
decirlo, de una de nuestras historias.
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