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Cuando a poco de aterrizar en el
Territorio del Norte de Australia algo así como una
veintena de
aborígenes salidos de la nada le rodearon blandiendo sus
armas a un tiempo, Hans Bertram comprendió de inmediato que
no se trataba de un comité de bienvenida ni cosa por el
estilo. Y en consecuencia, sentado tieso en la cabina que a
la sazón llevaba abierta, tuvo de pronto la aciaga sensación
de que ése iba a ser el último de sus novelescos vuelos.
Sin
embargo, algo inesperado sucedió a continuación. De repente,
el fiero fulgor que había en aquella miríada de ojos remitió
para convertirse en destellos de curiosa atención; y al
momento
siguiente el grupo comenzó a retroceder y detuvo por
completo su amenaza.
¿Por qué
no le atacaban?, era por entonces la pregunta del millón que
se hacía a sí mismo el malaventurado piloto. Y desde luego,
no fue hasta que lo supo que el alma le volvió al
cuerpo...
¡Los
aborígenes le habían tomado por un dios!
Esto,
puesto de otro modo, significaba en realidad que las gruesas
gafas de aviador que Hans Bertram llevaba le habían
salvado la vida a causa de su palmaria similitud
con los ojos de aquellos “Seres Sobrenaturales”
que habían hecho su aparición sobre la Tierra en el mítico
“Tiempo del Sueño” de los australianos, conforme los
plasmaron los remotos
antepasados en
las milenarias y sagradas pinturas rupestres.

Confrontaciones culturales
Ahora bien, aunque pueda considerárselo decididamente emblemático, es
oportuno
consignar aquí
que el caso de Bertram no es por lo demás excepcional. Muy
por el contrario, existe de hecho un abultado anecdotario de
sucesos semejantes que bien ponen de manifiesto cuál es el
comportamiento de las mentes primitivas cuando su umbral de
comprensión es abruptamente superado por circunstancias
ajenas a su entorno habitual.
Estrechamente vinculado con el problema de las
“confrontaciones culturales”, esto es como se
denomina a los encuentros entre una civilización primitiva y
otra de gran desarrollo tecnológico, tales acontecimientos
son objeto de estudio para los etnólogos, quienes han
puesto especial
atención sobre el particular a partir de la aparición, a
comienzos de la década de 1940, de casos –ya clásicos- de lo
que en la literatura especializada se ha dado en llamar
“culto- cargo”.
Aludiendo
a la expresión inglesa “cargo”, utilizada para
designar la mercancía, flete o
cargamento de
un buque o avión, los “culto- cargo” son una
variedad de creencias nativas aparecidas en el siglo XX a
causa de los contactos personales que tuvieron lugar en
varias partes de Micronesia y Melanesia con la llegada de
las tropas americanas de ocupación durante la Segunda Guerra
Mundial.
En efecto,
cuando a comienzos de la década del cuarenta miles de
soldados americanos se establecieron en las bases de
operaciones dispuestas en el Pacífico, los primitivos
nativos se quedaron viendo atónitos los aviones que iban y
venían portando vituallas y municiones para la tropa.
Conque, recelosos al principio, espiaron a los forasteros y
conjeturaron acerca de todo aquello, sacando luego
conclusiones que, por supuesto, se ajustaron a los acotados
límites que tenían sus mentes estancadas en el neolítico:
¿Quiénes sino los dioses podrían dominar tales portentos?
Así pues,
a contar de entonces, los nativos se tardaron lo que una
exhalación para
entregarse de
lleno a nuevos rituales, procurando con ello congraciarse
con los “dioses” recién llegados, quienes,
provenientes del “celestial reino de la abundancia”,
repartían a manos llenas la fabulosa riqueza que
constituían, por ejemplo, las latas de conserva, las gafas
de sol y las linternas...

De manera que primero pintaron sus
cuerpos intentando vestirse como los soldados; se
apiñaron en correrías de entrenamiento cargando
enormes fusiles hechos de bambú; luego construyeron
“cajas
parlantes”
con madera y latas, y colocaron antenas de bambú
sobre sus chozas –copiando las estaciones radiotransmisoras
-; y por último hicieron pistas de aterrizaje
alisando el suelo, y con lodo, paja y lianas ¡se
fabricaron sus propios aviones!
Pero,
obvio es que el tan ansiado cargo, tras la partida de
los soldados, nunca volvió. No obstante, la tradición y la
enseñanza de los ritos, logró perpetuar la esperanza de un
futuro regreso... y, en consecuencia, originó en estos
lugares nuevas religiones...
¿Hoy al igual que ayer?
Probablemente, muchas personas pueden optar por minimizar
el valor religioso de tales cultos contemporáneos en el
convencimiento de que sólo se trata de casos aislados de
salvajismo
que, más pronto que tarde, desaparecerán del todo cuando los
aborígenes se
civilicen. Sin
embargo, ese parecer en nada contribuye al análisis de la
cuestión de fondo. Así pues, diremos a continuación con las
palabras de eminente historiador de las religiones, Mircea
Eliade, (“Mito y realidad”) que: “sería difícil
interpretar toda una serie de actuaciones insólitas sin
recurrir a su justificación mítica”. Con lo cual, se
impone naturalmente encontrar una aceptable definición del
mito.
En rigor,
la tarea no resulta para nada sencilla habida cuenta de la
extrema complejidad del mito en tanto, como realidad
cultural, puede ser objeto de juicios diversos. Pero, como
fuere, nos remitiremos de nuevo al citado Eliade (ídem),
quien dice: “el mito cuenta una historia
sagrada; relata
un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo
primordial, el tiempo
fabuloso de los
“comienzos”. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo,
gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una
realidad ha venido a la existencia...”.
Y subraya más adelante: “el mito se considera como una
historia sagrada y, por tanto, una “historia verdadera”,
puesto que se refiere siempre a realidades”.
Precisando, concluimos entonces que, en el sentido recién
expresado, las conductas
rituales
referidas al cargo, e incluso la misma deidificación
de los soldados, y en buena parte de lo que le tocó en
suerte al piloto Hans Bertram, se evidencia la “sustancia
mítica” de aquello que es sagrado-porque es
verdadero-porque es real, que sólo comprenderemos como
un hecho de cultura si lo observamos desde la perspectiva
histórico-religiosa que le es propia.
Ahora
bien, siendo estas observaciones suficientes, lo que importa
remarcar a continuación es qué tanto podemos inferir acerca
del comportamiento de las sociedades que nos precedieron
hace milenios; echando seguidamente una mirada retrospectiva
hacia los albores de la humanidad,
cuando nuestros prístinos antecesores abandonaron por fin su
aburrida dieta de bananas y se pusieron a atisbar un nuevo
horizonte, descubriendo a poco las siluetas de los dioses
recostadas contra el inefable cielo tachonado de estrellas.
Al
respecto se ha planteado a menudo, y grosso modo, que la
verdadera identidad de esos dioses hay que buscarla en los
fenómenos naturales mal interpretados. Sin embargo, lo
cierto es que el problema es bastante más complicado que
eso. Y tanto es así que de hecho es el admirado
prehistoriador francés Andre Leroi-Gourhan (“Iconografía e
interpretación”) quien sostiene que:”Sea lo que fuere, lo
que muy frecuentemente se ha dicho sobre el simbolismo
religioso, existe, indudablemente, otro móvil cuya
complejidad está bien probada en todas las sociedades más
recientes, por poco que se las conozca en profundidad: es el
simbolismo
social”
(respecto del cual el autor hace mención sobre sus
diferentes formas, entre las que incluye la
“conmemoración de un acontecimiento-hito”), para
culminar sentenciando que: “es difícil saber en el arte
paleolítico, al igual que en el pos-glaciar, si las figuras
de “hechiceros” o de “deidades” no pretenden perpetuar la
imagen de un devoto señalado, dado que la
exaltación de
los grandes viene a resolverse corrientemente con su
deidificación, es decir, sublimándolos a deidad”.
Con esto,
tal como se entiende, lo que Leroi-Gourhan nos pone en claro
es que, por lo menos en el campo de las artes históricas, el
testimonio iconográfico en su totalidad puede muy bien
admitir la presencia de dioses de carne y hueso sin
hacerle ascos.
Pero aun
así, y más allá de eso, nada parece explicar del todo el
porqué de ciertas rarezas estéticas que se ven por doquier
simbolizando la inequívoca entidad sobrenatural de algunos
personajes.
De
ninguna manera simple sin duda, tal interrogante parece
requerir en alguna medida la necesidad de edificar por sí
mismo sus propias fuentes de conocimiento. Lo que, en
definitiva, nos acerca al método que emplea la etnografía
frente a los hechos que ésta describe, como bien señala el
reputado Marcel Griaule (“El método de la etnografía”)
cuando dice: “El
etnógrafo,
cuando escruta una sociedad sin escritura, no dispone más
que de un pasado
restringido, el
que conserva la memoria de los hombres y que, muy pronto,
penetra en el
tiempo mítico”
– y añade que, no obstante - “En casos privilegiados,
pero de vastas
consecuencias,
detectará pruebas tan convincentes como las pruebas
escritas”.
Por lo
tanto, si lo que se desprende de todo esto es que aquellas
aludidas rarezas estéticas podrían, eventualmente, estar
revelando, del modo más fidedigno, atributos propios – pero
incomprendidos - de seres cuya verdadera existencia es
evocada a través de los mitos – en tanto éstos hagan
referencia a esa realidad -, nos preguntamos si acaso la
posibilidad que anida en la provocativa idea de que los
dioses del mundo antiguo podrían ser visitantes
extraterrestres
vendría a convertirse en una hipótesis preliminar lo
suficientemente plausible como para comenzar una
investigación seria.
Hipótesis y reunión de hechos adicionales
En este
sentido debe admitirse que, como muy bien nos lo explica
Irving Copi (“Introducción a la lógica”): “Toda
investigación seria comienza con algún hecho o grupo de
hechos cuyo carácter problemático atrae la atención del
detective o del científico y con los cuales se inicia todo
el proceso de búsqueda. Habitualmente, los datos iniciales
que constituyen el problema son demasiado escasos como
para sugerir por sí mismos una explicación totalmente
satisfactoria,
pero pueden sugerir –al investigador competente – alguna
hipótesis preliminar que lo conduzca a la búsqueda de
hechos adicionales. Se espera que estos hechos adicionales sean
pistas importantes para la solución final. El investigador
inexperto o chapucero –
continúa Copi
– ignorará a todos, excepto a los más obvios de ellos; en
cambio –concluye - ; el trabajador cuidadoso tratará
de ser completo en su examen de los hechos adicionales a
los que lo ha conducido su hipótesis preliminar”.
Claro que
a veces no es tan fácil, como a lo mejor cabría suponer,
hacer una descripción de los acontecimientos pasados que
resulte satisfactoria desde cualquier punto de vista. Y por
consiguiente, nuestro mejor esfuerzo estará en sortear,
entre otras dificultades, la intrusión de factores
subjetivos, que se encuentran tanto en la esencia misma de
todo pensamiento
dogmático como
en la actitud de inercia frente a lo que es universalmente
aceptado por la Ciencia.
No
obstante, en cualquier caso se estará de acuerdo con Gastón
Bachelard (“El
racionalismo
aplicado”) cuando dice: “El empirismo comienza con el
registro de los hechos evidentes, la ciencia denuncia esa
evidencia para descubrir las leyes ocultas. No hay ciencia
más que de lo que está oculto”.
Conque,
¿qué hay oculto tras los hechos evidentes? ¿Qué, para que
sea de algún modo convincente la hipótesis de que los dioses
de antaño serían visitantes extraterrestres?
¿Podemos hablar
de antiguos astronautas como hipótesis preliminar?
¿Ornitorrincos?
Al
respecto, dicen a menudo los más conspicuos escépticos que
todo se trata de pura
charlatanería.
Que por muy provocativa que sea, la hipótesis de que nuestro
planeta fue
visitado por
extraterrestres en alguna época muy remota no es en absoluto
verosímil. Y con eso afirman, además, que nada del
testimonio iconográfico que abunda en el campo de las artes
históricas tiene otro valor probatorio que el de las pruebas
psicológicas proyectivas; es decir: que cada quien puede
ver en una imagen lo que desee...
Así pues,
como sostuvo alguna vez Carl Sagan (“La conexión cósmica”) a
modo de
explicación
alternativa: “La representación de seres con cabezas
grandes y alargadas, que se parecen a cascos espaciales,
podrían muy bien ser versiones artísticas de unas máscaras
ceremoniales que cubren la cabeza normal o expresiones de
una excesiva hidrocefalia”.
Ilustrativa y meritoria, si se quiere, esta opinión está,
no obstante, bien lejos de lo
incontestable.
Incluso admitiendo sin reservas que “la palabra “imagen”
no designa más que una entidad figurativa capaz de tolerar
los más variados contenidos ideológicos”, como
sentenció Andre
Leroi-Gourhan (“Iconografía e interpretación”). Porque,
siguiendo de nuevo al reconocido prehistoriador (ídem),
“en la base, el arte no aporta al prehistoriador otra cosa
que la certidumbre de una actividad simbólica y, esto, sólo
a través de una reconstitución del contexto en el que es
posible hablar, pongamos por caso, de mitos o ritos”,
(con lo cual)...”el testimonio en bruto es normalmente
ambiguo y su significación evidente es, por lo general, de
un grado tal que no ofrece más que un aprovechamiento
intelectual limitado (y)... no aporta precisión
alguna real en un mundo iconográfico...” Mundo en que,
por lo demás, como señala también Leroi-Gourhan
(“Los hombres prehistóricos y la religión”), “las figuras
paleolíticas son,
esencialmente,
representaciones de...
(animales y símbolos genitales aparte) seres humanos
relativamente raros”.

Así
las cosas, podría inferirse entonces que rechazar sin más ni
más una interpretación, acusando al autor de haber emitido
una idea vana, por mero desacuerdo ideológico, supondría la
anuencia para que, del mismo modo, aquel que no simpatiza
con, digamos por caso, los ornitorrincos, concluya
apresuradamente: “La representación de seres con
cabezas casi redondas y mandíbulas ensanchadas y cubiertas
con una lámina córnea, que se asemeja al pico de un pato,
pies palmeados y cuerpo y cola cubiertos de pelo gris muy
fino,
podrían muy
bien ser versiones artísticas de un disfraz de Noche de
Brujas que vestía el Pato Lucas para asustar a Elmer El
Gruñón”.
Absurdo,
por supuesto.
EL
AUTOR estudió
abogacía en la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Es
periodista versado en ciencia y fue coordinador documental
de la revista Cuarta Dimensión, jefe de redacción de
otras publicaciones especializadas y actualmente es el
editor de
www.antiguosastronautas.com Desde 1980 ha publicado gran
número de artículos referidos a la hipótesis de las
paleovisitas extraterrestres.
© César Reyes de Roa – Todos los
derechos reservados.
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