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Una visita casual a cualquier librería de ocasión casi
seguramente resultará en el descubrimiento de amarillentas
“pulpas” de portada sugerente de las décadas de 1930 y 1940.
Estos vetustos tomos de fantasía describen, en su mayor
parte, los encuentros de fornidos héroes contra seres
demoníacos o bestias inmundas, a menudo contra trasfondos
exóticos y extravagantes. Edgar Rice Burroughs envió a su
famoso “Tarzán” al legendario reino africano de Opar a la
misma vez que H. Rider Haggard dejaba a su protagonista,
Allan Quartermain, a merced de Ella, La Que Debe Ser
Obedecida en la ciudad perdida de Kor. Más de una
generación de lectores a la vuelta del mundo pasó sus años
mozos – y no tan mozos – leyendo sobre las osadas
escabullidas y encuentros cercanos de docenas de personajes
fantásticos que se abrieron paso en mundos que existieron
exclusivamente en las mentes de sus creadores, un paisaje
repleto de ciudades perdidas y los restos de civilizaciones
perdidas.
Pero una vez que nuestras manos han depositado los viejos
libros de edición rústica sobre los anaqueles de nuevo, y
vedamos la entrada a nuestra mente de cualquier pensamiento
escapista, aún nos queda la interrogante de los “reinos
perdidos”. ¿Acaso existieron alguna vez? Y de ser así, ¿qué
habrá sido de ellos? ¿Nos sería posible dar con los restos
de poderosos reyes y reinas, grandes héroes y villanos, bajo
las arenas del Sahara, o del Gobi, o hasta del Mojave?
Garama, La ciudad bajo las arenas
“Allí vivieron hombres llamados garamantes, una gran nación
que siembra en la tierra lo que han puesto en la
piedra...estos garamantes se desplazan en sus cuadrigas,
persiguiendo a los etíopes.” (Heródoto, Las Historias, IV.
183)
En el cenit de su poderío, Roma controlaba casi toda Europa
al este y al sur del Rin y el Danubio (con la provincia
transdanubiana de Dacia siendo agregada después), Asia Menor
y el Levante, y el norte de África desde Marruecos hasta
Egipto. Más allá de estas fronteras sólo merodeaban tribus
bárbaras, pequeños reinos clientes (como los Bosforianos) e
imperios hostiles (los partos). La provincia romana de
África, granero del imperio y cuna de poetas, filósofos y
emperadores, se extendía mucho más hacia el interior del
Sahara de lo que lo muestran los libros de historia,
poniéndola en contacto con las tribus nómadas del desierto
y el reino de los garamantes.
Tal parecería que los inquietos fantasmas de los garamantes
lucharon mucho por darse a conocer al hombre actual. En
1914, el arqueólogo italiano Salvator Aurigemma se topó con
un fascinante mosaico de la era romana en la aldea de Zliten,
al sur del antiguo puerto de Leptis Magna, en la actual
Libia. El mosaico representaba una joven devorada por un
leopardo mientras que dos víctimas más aguardaban la misma
suerte. Estas víctimas sacrificatorias se distinguían por
sus narices aguileñas, pelo lacio y barbas que les
identificaban como garamantes. Casi 20 años más tarde, el
francés Pierre Belair descubriría la alucinante cantidad de
100.000 tumbas en las cercanías de la olvidada capital de
los garamantes.
Conocida por su designación actual de Germa, la antigua
ciudad de Garama se encuentra en la región de Libia moderna
denominada Fezzán, una versión arabizada de “Fazania”, el
nombre que concedieron los antiguos a dicha región. El reino
de los garamantes era, según Heródoto, “un reino más
grande que Europa” defendido por guerreros “que
perseguían a los trogloditas etíopes” en sus carrozas
por pura diversión. Las imágenes de estos vehículos han
sobrevivido el paso de los siglos en los muros de piedra y
desfiladeros de la región, especialmente en Djebel Zenkekra,
donde pueden hallarse otras figuras que se remontan a una
antigüedad de siete mil años, a pesar de que el Sahara se
hacía cada vez menos apto para la vida humana y animal. Los
garamantes y sus cuadrigas corresponden a la época señalada
entre el 1250 y el 1000 a. de C.; algunos estudiosos los han
querido identificar con los “pueblos del mar” que asediaron
a Egipto desde el Mediterráneo oriental. Al ver fracasados
sus planes por controlar la cuna de los faraones, esta
cultura guerra bien pudo haberse asentado en Fazania, al
oeste de Egipto.
También se hace mención de los garamantes en un texto
sumamente curioso del siglo XVI titulado Reloj de
Príncipes y escrito por el cronista Antonio de Guevara
(1480-1525). El vigésimo segundo capítulo de la citada obra
ostenta el título: “De cómo el gran Alejandro, tras la
derrota del rey Darío en Asia, pasó a conquistar la Gran
India y lo que fue de los garamantes”. Guevara coloca a
los caballeros garamantes no en África sino en “las montañas
Ripeas” de la India, diciendo que “este pueblo bárbaro
conocido como los garamantes” jamás había sido
conquistado por los persas, medos ni romanos (sic) debido a
su gran pobreza y la falta de recompensa material para los
conquistadores. Pero Alejandro Magno, reconocido entre todos
los conquistadores por su gran curiosidad innata, les envió
una embajada para exigir tributo.
Guevara, citando el De antiguitatibus grecorum de
Lucio Bosco, agrega que los garamantes “todos tienen
casas iguales, y que todos los hombres llevaban la misma
clase de ropa, y que ningún hombre era más rico que sus
vecinos”.
¿Era tan grande el reino de los garamantes como lo pintaba
Heródoto?
El incansable Henri Lhote, mejor conocido por su
investigación de los pictogramas de Tasili, logró hallar
representaciones de las cuadrigas de guerras de los
garamantes en el macizo de Hoggar, casi mil quinientos
kilómetros de distancia de Fazania. En el verano del 2000,
un grupo arqueológico interdisciplinario de las
universidades británicas de Reading, Newcastle y Leiscester
confirmó la existencia de un canal de irrigación de más de
tres mil millas de extensión conectado a depósitos
subterráneos de agua. Con esto se confirmó el hecho de que
los garamantes habían controlado un imperio de más de
setenta mil millas cuadradas con tres ciudades principales
(las actuales Germa, Zinchechra y Saniat Gebril) y media
docena de asentamientos menores. La red de canales de
irrigación permitió un aumento en la producción alimenticia
y el mantenimiento de una población no trashumante de
cincuenta mil personas. Los hallazgos también conllevaron
una revisión de los cronogramas existentes: los primeros
pueblos aparecieron cerca del 500 a. de .C y los garamantes
llegaron a convertirse en una entidad política alrededor del
100 a. de C., y desaparecieron alrededor del 750 d.C. con la
llegada de los conquistadores islámicos. El periódico
británico The Independent pone las siguientes
palabras en boca del profesor David Mattingly, director de
la expedición: “Nuestra investigación ha sacado a la luz
que, gracias al ingenio humano y contra todas las
posibilidades, los habitantes del desierto más grande del
mundo pudieron crear una civilización próspera y exitosa en
uno de los parajes más áridos y calientes del mundo. Los
romanos consideraban a los garamantes como meros salvajes,
pero la nueva evidencia arqueológica ha puesto al relieve
que eran granjeros ingeniosos, ingenieros diestros y
comerciantes emprendedores que llegaron a producir una
civilización digna de tomar en cuenta.”
Es posible que Mattingly se haya estado refiriendo a la
ciudadela de Aghram Nadarif (“ciudad de la sal” en el idioma
de los beréberes), con dimensiones de 460 pies por 160 pies,
rematada con impresionantes torres sobre sus muros. Se ha
sugerido la posibilidad de que este puesto de avanzada haya
sido un punto de trasbordo para los cargamentos de sal
provenientes del Mediterráneo que iban de camino al África
meridional a cambio de oro, marfil y animales exóticos a ser
inmolados por los gladiadores de Roma.
El enigma de los nómadas del velo
Tras la conquista del Fezzán por los ejércitos triunfantes
del califato omeya, los garamantes y su cultura desaparecen
para siempre de la historia. Algunos historiadores han
considerado que los garamantes hayan sido los antepasados de
la misteriosa raza de nómadas con velo conocidos como los
tuareg, y que no guardan ningún parecido físico con las
demás tribus beréberes, que parecen haber llegado desde el
Sahara profundo tras la desintegración del imperio romano en
el siglo V. Sin embargo, hay otras tradiciones que nos
indican que estos habitantes del desierto tienen un origen
más antiguo aún.
En su libro The Ancient Atlantic (Amherst Press,
1969), L. Taylor Hansen incluyó un relato meramente
anecdótico que enlazaba las tribus tuareg del Sahara con una
tradición secreta que se remontaba muy posiblemente al reino
perdido de los garamantes.
Citando un encuentro fortuito con un hombre de raza árabe en
la capital mexicana, Hansen detalla la existencia de una
tribu de “mujeres guerreras” que alegadamente existe aún en
el Sahara y que lucen con orgullo las dagas de brazo y
espadines que se utilizaron en la antigüedad, así como
escudos y un arma parecido a un tridente que representa “los
tres picos del Hoggar” bajo los cuales existen galerías
subterráneas repletas de petroglifos parecidos a los de
Tassili, representando uros y otros animales prehistóricos.
El extraño interlocultor de Hansen le informó que los tuareg
creían que su pueblo había venido del mar, y que el nombre
que se daban a sí mismos significaba “pueblo del mar”.
Por dudoso que pueda resultarnos el concepto de las amazonas
africanas, tenemos el testimonio de otro gran aventurero: el
conde Byron de Prorok, un Indiana Jones de carne y hueso
cuyas exploraciones en tres continentes les concedieron fama
mundial hace más de cinco décadas. Prorok pudo convivir con
los tuareg por algún tiempo durante su expedición al macizo
de Hoggar, y sus indagaciones revelaron que el verdadero
poder lo ostentan las mujeres de esta misteriosa tribu, a
pesar de no tratarse de un matriarcado. Su reina elige al
rey, denominado amenokhal akhamouk, con el que
compartirá el mando. De Prorok también fue entre los
primeros en escribir sobre los hartani, la casta de
esclavos al servicio de los tuareg.
Hansen obtuvo más detalles sobre las galerías subterráneas:
supuestamente seguían estando ocupadas por los tuareg
modernos, y que un explorador europeo que participaba en un
relevamiento del macizo de Hoggar quedó sorprendido al
encontrar una abertura tosca entre las piedras, pero cuyo
acceso se dificultaba debido a la sorprendente presencia de
barras metálicas verticales. Mirando hacia abajo, el
explorador se dio cuenta de que se trataba de alguna especie
de respiradero o desfogue. Temiendo alertar a los tuareg de
su presencia fue lo único que le hizo abstenerse de arrojar
una piedra por el agujero para determinar la profundidad del
tiro.
El relato comenzó a adquirir matices dignos de Rider-Haggard
cuando el extraño le dijo que bajo los kilómetros de
galerías subterráneas, iluminadas tan solo por la luz de las
antorchas, había “un precioso lago artificial” alrededor del
cual se conservan los antiguos escritos de los ancestros de
los Tuareg, que alegadamente se remontan hasta el Diluvio.
Los escritos del conde De Prorok también hacen mención de un
lago subterráneo cuyas paredes de piedra estaban cubiertas
por inscripciones y dibujos de elefantes, búfalos, antílopes
y avestruces.
Somos absolutamente libres de aceptar o rechazar la
narración de L. Taylor Hansen sobre los tuareg y las
construcciones de sus ancestros, pero un detalle de su
conversación con el forastero es sumamente intrigante: el
hombre mencionó que los tuareg remontan sus orígenes al
antiguo héroe griego Heracles, mejor conocido bajo su
apelación latina, Hércules.
El escritor francés Louis Charpentier propone en su obra
clásica Les Geants et les Mystéres de Sont Origines
(París: Robert Laffont, 1968) que el personaje de Heracles
no se refiere a un sólo héroe de facultades sobrehumanas,
sino que se trata de un nombre que guarda un significado
parecido a “paladín” o “campeón”. El Heracles relacionado
con el norte de África y con el Sahara en particular habría
sido el que recibió la misión de liquidar al gigante Anteo y
la tarea de procurar las manzanas doradas de las Hespérides.
El poderoso Anteo, dice Charpentier, había desposado a
Tingis, la hija de Atlas – ambos nombres que aparecen en la
geografía norafricana – y gobernó un reino que rodeaba el
Tritón, un mar interior que ocupó el norte del Sahara y cuyo
nombre existía aún en la época romana (sobrevive hoy como el
desierto salado Chott al-Djerid, donde se rodó la primera
entrega de La guerra de las galaxias en 1976). Para
respaldar su argumento, Charpentier señala la existencia del
mausoleo de Anteo en Charf, una colina situada al sur de la
moderna Tangier, donde los legionarios romanos emprendieron
excavaciones que tuvieron por resultado el hallazgo de una
osamenta de gran edad.
¿Llevarían los tuareg en sus venas la sangre de tan ilustre
linaje, que incluiría entre sus ancestros a una de las
figuras míticas mejor conocidas de la historia?
En el oasis de Abelessa, a corta distancia de Tamanrasset,
uno de los sitios mejor conocidos del Sahara gracias al
Rally París-Dakar, podemos hallar otro de los misterios del
desierto: la demolida fortaleza de Tin Hinan, cuya
arquitectura no se asemeja en nada a la de las estructuras
erigidas por los habitantes del desierto. Los arqueólogos
aún no han podido identificar a los arquitectos de esta
desértica urbe, pero en 1926, un equipo de arqueólogos logró
dar con una cámara rectangular cubierta de tierra que a su
vez ocultaba seis losas de grandes dimensiones. Bajo toda
esta piedra se hallaban los restos de Tin Hinan, la
legendaria reina considerada por los tuareg como su
progenitora.
James Wellard, autor de The Great Sahara, atribuye al
Dr. LeBlanc de la facultad de medicina de la Universidad de
Algiers la descripción de los restos mortales de la reina:
“Se trataría de una mujer de raza blanca...la
conformación de su osamenta recuerda poderosamente al tipo
egipcio que puede verse en los monumentos faraónicos,
caracterizada por buena estatura y esbeltez, anchura de los
hombros, pelvis reducida y piernas delgadas.” Esta
opinión forense desató toda suerte de especulaciones sobre
el posible origen de Tin Hinan. ¿Eran sus restos, de
hecho, los de Antínea, la legendaria última reina de la
Atlántida?
Volviendo a la obra del conde De Prorok, este también
consideraba haberse topado con los restos de la Atlántida en
los desiertos africanos, admitiendo esto sin ambages en
su obra Dead Men Do Tell Tales (los muertos sí
hablan) publicada en 1942. En la región de Moudir, el
hombre de acción encontró “grandes precipicios que forman
un muro de roca viva, considerada por los tuareg como la
fortaleza de las amazonas, gobernadas por una reina
blanca...”
Los historiadores más conservadores prefieren pensar que la
fortaleza de Tin Hinan pudo haber sido una guarnición
romana, tal vez un deposito de aduana o almacén que
custodiaba las rutas comerciales transsaharianas.
El mapa de Gurdjieff
Son pocos los que no han oído hablar del extraordinario
cronista Charles Fort, autor del Libro de los condenados
y otros textos relacionados con el misterio a comienzos
del siglo XX. Sin embargo, son pocos los que han oído
hablar, efectivamente, del príncipe Yuri Lubovedsky – tutor
del místico Gurdjieff y recopilador incansable de datos
sobre eventos anómalos y paranormales. Entre sus intereses
particulares figuraba la investigación del Diluvio y del
mundo antediluviano, una curiosidad que le llevó a visitar
monasterios budistas en los lugares más recónditos del Asia
central. Lubodevsky logró transmitir su pasión por estos
temas a su famoso discípulo, y durante los muchos viajes
realizados por Gurdjieff, le tocó coincidir con un
enigmático monje armenio que le mostró un mapa único y
totalmente desconocido al resto de la humanidad: un mapa
que mostraba el aspecto que guardaba Egipto “antes de las
arenas”.
El místico ruso supuso que de no tratarse de un fraude, el
documento tenía que ser necesariamente anterior al reinado
de Narmer (Menes), el primer faraón del que tenemos
conocimiento.
En 1982, una de las misiones fotográficas realizada por el
trasbordador espacial Columbia sobre el
continente africano, usando la entonces novedosa tecnología
de la fotografía radárica, sacó a la luz imágenes que
revelaban la existencia de ríos desconocidos por el
hombre, cuerpos de agua que iban a dar a un antiguo “mar
interior” del tamaño del actual Mar Caspio, entre diez mil y
quince mil años antes de Cristo. ¿Sería este mapa un
legado de la civilización que – en los escritos de Graham
Hancock y Robert Bauval – erigió la Esfinge milenos antes
del nacimiento de la civilización egipcia? ¿Dónde obtuvo ese
mapa el monje armenio?
Del Sahara a Siberia
“¿Cuándo descubriremos Wasukanni, la capital del reino de
los mitanni?” se quejaba Ivar Lissner en su libro
“The Living Past”, publicado en 1962.”¿Cuándo
excavaremos Kussara, otrora la sede de Anittas, primer rey
de los hititas? ¿Quién descubrirá la ciudad de Nessa,
sepultada bajo la tierra de Anatolia oriental, o
identificaré la ubicación de Arzawa?”
El azadón del
arqueólogo, sin embargo, se hunde sólo en lugares para los
que ha obtenido los fondos necesarios para realizar sus
excavaciones, o en donde lo permitan las condiciones
políticas imperantes. La exploración de un sinnúmero de
sitios de interés histórico, por consiguiente, corresponderá
a generaciones futuras que tal vez logren hacerlo con medios
más adelantados en lo técnico de lo que existe actualmente.
Pero cabe preguntarse cuál será la suerte de aquellos sitios
cuyo hallazgo podría suponer un verdadero desastre para la
cúpula académica mundial.
En nuestro trabajo “Ciudades Perdidas” (Arcana
Mundi 016) se hizo mención de la ciudad perdida de los
Hsiung-Nu en el desierto del Gobi y la controversia sobre
sus orígenes. Estas ruinas que predatan a la ocupación en
épocas históricas se encuentran en la cuenca del lago seco
Lop Nor, utilizado por China para sus pruebas
termonucleares. Resulta inverosímil que ningún arqueólogo se
interese por estudiar este paraje, ni que lo permita el
gobierno chino.
Sin embargo, al norte del Gobi se nos presenta otro
misterio, esta vez en las estepas de Siberia.
Para las tribus nómadas que vivían en esta enorme extensión
territorial de nuestro mundo, no era Siberia sino kanun
kotan, la tierra de los dioses malignos. La casi
impenetrable foresta, el frío capaz de quebrar el hierro y
convertir la madera en piedra, y las afloresencias de
basalto con formas extrañas eran fuentes de terror. Los
nómadas temían su tierra en vez de amarla, pues bajo las
profundidades de esta región vivía Erlik Khan, el dios de la
oscuridad eterna y de la frialdad, en guerra constante con
la única deidad benévola, el cielo azul.
Rumores de estas lejanas y sobrecogedoras tierras llegaron a
los oídos de las culturas mediterráneas y semíticas, que no
dudaron en identificarlas con los reinos apocalípticos de
Gog y Magog, circulándose la leyenda de que Alejandro Magno
había edificado una gran muralla defender al mundo contra
las hordas de salvajes al otro lado. Algún cataclismo habría
producido un desplome que permitió la salida de estas
huestes, dislocando los imperios occidentales.
A finales del siglo XIX, mientras que Ignatius Donnelly
revolucionaba su época con el libro Atlantis: The
Antiluvian Mystery, otro escritor, James Churchward -
coronel del ejército británico -- hacía lo mismo para otro
continente perdido bajo las aguas del Pacífico con su libro
The Continent of Mu sobre la sumergida Lemuria o
“Mu”. En 1868, Churchward se encontraba en la India
brindando ayuda humanitaria debido a la gran hambruna que
asolaba el continente. El occidental pudo ver un
bajorrelieve sumamente interesante en un templo y, al
preguntar a los monjes acerca de su significado, se le
informó que se trataba de la obra de dos “santos naacales”
que en eras pasadas habían venido desde la desaparecida
Lemuria establecer colonias en el subcontinente. Fascinado
por esto, Churchward emprendió una serie de viajes por todas
partes del mundo para descubrir las colonias establecidas
por los sobrevivientes del continente sumergido. Uno de
estos lugares se hallaba en Siberia, identificando este
emplazamiento como la “ciudad capital” del imperio de los
uigures (que no guardaban relación con los uigures actuales,
ya que estos eventos habrían ocurrido hace unos dieciocho
mil años), la legendaria Khara-Khoto. Este supuesto imperio,
cuya existencia choca con nuestros conocimientos de la
historia, mantuvo relaciones con el “imperio de los naga” en
la India y la lejana Mu hasta que el hundimiento de Lemuria
causó un maremoto de dimensiones incalculables que anegó
media Siberia y la porción occidental de la península de
Alaska, convirtiendo al Pacífico y el Océano Ártico por
algún tiempo en un solo mar.
Desde hace décadas, los pilotos rusos afirman haber visto
ruinas de ciudades en estas partes deshabitadas de nuestro
planeta, fotografiando algunas de ellas. Las tribus mongolas
tienen leyendas de ciudades antiquísimas cuyos restos quedan
a la vista del hombre después de enormes tormentas de arena,
y que desaparecen después de la próxima tormenta que se
presente. Muchas de estas tradiciones llegaron a occidente
de la mano del gran místico Gurdjieff, quien se entregó a la
búsqueda de una de estas legendarias urbes del “imperio
uigur” en 1898 en el oasis de Keriyan hasta que uno de los
miembros de su expedición tuvo una muerte extraña y el
místico decidió regresar a su punto de partida.
Los antropólogos y arqueólogos que han explorado Mongolia y
las regiones siberianas tienen conocimiento de las estelas y
menhires – algunas de ellas en pie, otras derribadas por el
paso del tiempo – y de las extrañas estatuas femeninas (babas)
colocadas sobre los túmulos. Pero un libro impreso en
Inglaterra en 1876 contiene un grabado de lo que seguramente
serían los megalitos más grandes conocidos por el hombre.
Dicho texto, The Early Dawn of Civilization, (Howard,
John Eliot.
Victoria Institute Journal of the Transactions, 9:239, 1876)
presenta al lector un conjunto de cinco enormes
megalitos casi tan altos como un edificio moderno de diez
plantas, penetrando a doce pies bajo tierra. Con un peso
estimado de casi cuatro mil toneladas, serían casi diez
veces más pesadas que el monolito de Er Grah en Bretaña, y
doble el tamaño del la famosa plataforma de Baalbek, que
sigue en su cantera. El nombre dado a este conjunto pétreo
es “las tumbas de los genios” y supuestamente se hallaba en
el valle del rio Kora. Los megalitos parecen más bien
obeliscos, y no hay manera de explicar la forma en que
estructuras de tal envergadura fueron levantadas (ni el
propósito que podrían servir). ¿Producto tal vez del imperio
uigur de Churchward? Nunca lo sabremos.
Así lo describe el viajero inglés Thomas Witlam Atkinson en
su obra "The Upper and Lower Namoor":
"Habiendo viajado varias millas, llegué a la parte del
valle en donde el Kora tuerce hacia los desfiladeros del
norte, dejando un espacio de 200 yardas de ancho entre la
base de las rocas y el rio. Al acercarme a este lugar,
casi llegué a creer que enfrentaba la obra de los gigantes,
pues ante mí se erguían cinco enormes piedras, aisladas, y
en posición vertical. A primera vista tuve la idea que su
trazado no era accidental, y que algún ingenio superior las
había dispuesto, ya que el conjunto trinaba perfectamente
con su entorno. Uno de estos bloques hubiera servido como la
torre de cualquier iglesia, teniendo una altura de 76 pies
sobre el suelo, y midiendo 24 pies de un lado y 19 pies por
el otro. Se encontraba a 73 pasos de la base de los
acantilados, con una desviación perpendicular de 8 pies,
inclinándose hacia el río. Los restantes cuatro bloques
tenían una altura que variaba entre 45 y 50 pies de alto.
Dos de ellos se mantenían erectos y los demás [inclinados]
en direcciones distintas, con uno de ellos casi al borde de
perder su equilibrio [...].
No lejos de estas piedras había un amontonamiento de piedras
de cuarzo que formaban un domo con 42 pies de diámetro y 28
pies de alto. Hallar semejante túmulo en este valle me
sorprendió mucho, ya que no podia tratarse de un sepulcro de
un jefe actual, sino algo tan antiguo como los que se hallan
en las estepas. Mis compañeros kirguies contemplaban el
sitio con temor...uno de ellos me ofreció la siguiente
tradición: "El valle de Kora estuvo ocupado en su momento
por varios genios poderosos que guerreaban contra otros de
su género en distintas regiones del Tarbagatai, el Barluc y
el Gobi. Frecuentemente asolaban a las naciones o tribus al
norte."
"Su osadía y crueldad llegó a tal extremo que fue necesario
invocar a Shaitan para ayudar a destruirlos...repentinamente
una nube de humo y vapor se elevó hacia el cielo; relámpagos
rojos emanaron de la nube, y los truenos se hicieron eco en
todos los picos y valles. La "artilleria del infierno" lanzó
rocas al rojo vivo, causando la destrucción mortal de las
legiones del Kora. Los genios reconocieron el poderío de las
tinieblas, y sintieron pánico...las legiones, con Shaitan en
la vanguardia, lanzaron vastas rocas desde los precipicios,
aplastando y sepultando a los genios. Después de este
terrible evento, el valle de Kora quedó sellado por siglos,
pero la tradición fue transmitida de padre a hijo".
Sin embargo, las oscuras leyendas siberianas sugieren que
este olvidado imperio dejó tras de sí hace milenios
objetos que son capaces de causar grandes daños y muerte,
aún en nuestra época.
En el 2004, los misterios del "desierto verde" de Siberia
salieron a colación de nuevo gracias a un curioso trabajo
realizado por el Dr. Valery Uvarov de la Academia de
Seguridad Nacional en San Petersburgo, Rusia. Según este
estudioso, los habitantes de la actual región de Yakutia
conservan una extrañísima tradición sobre "el valle de la
muerte" -- uliuiu cherkechekh, en su lengua - situado
en la cuenca del río Viliuy. Esta región boreal consiste en
pantanos interminables y mayormente intransitables a pesar
de haber sido parte de una primitiva ruta comercial que
llegaba hasta las costas del helado mar de Laptev.
La región se caracterizaba por la existencia de un extraño
punto geográfico denominado Khledyu--"la casa de hierro"--
en el idioma local. Esta estructura claramente artificial
consistía en un arco con escalera espiral que acababa en
cámaras aparentemente hechas de metal. Los cazadores locales
hacían uso de estructura durante sus monterías, ya que
parecía estar dotado de un calor natural. Muchos de ellos
comenzaron a enfermarse después de haber trasnochado en
Khledyu, y el lugar adquirió fama de ser un sitio maldito
"al que no se acercaban las bestias".
Siempre según Uvarov, los geólogos rusos que se abrieron
paso en Siberia dieron con lugares extraños. Uno de ellos,
al mando de una cuadrilla de nativos, encontró una
estructura metálica en 1936 - una especie de hemisferio que
los yakutes consideraban "un caldero". Más de 50 años
después se hizo una expedición con el fin de localizarla
nuevamente y someterla a estudio, pero fue imposible
hallarla. El estudioso cita su correspondencia con Mikhail
Koretsky, oriundo de Vladivostok, quien afirma haber visto
siete "calderos" parecidos, con diámetros que oscilaban
entre siete y nueve metros, a lo largo de las aguas del
Viliuy, donde era posible hallar placeres de oro. Los
calderos "estaban hechos de alguna especie de metal
extraño...el metal no puede ser cortado ni martillado.
Están cubiertos de una capa de metal extraño que no es
oxidación y que tampoco puede astillarse ni cortarse,"
escribe Koretsky, agregando el detalle de que la vegetación
en torno a los "calderos" es sumamente prodiga. Seis
personas pudieron dormir cómodamente bajo uno de los
misterioso "calderos" aunque meses después algunos
sufrieron pérdidas de cabello y otros descubrieron marcas
extrañas en el cuero cabelludo.
En 1971, los investigadores Gutenev y Mikhailovsky
entrevistaron a un anciano cazador de la tribu evenk que les
relató la existencia de unos túmulos extraños en la región
de Niugun Bootur. Estos sepelios de una época desconocida
contenían los restos de los kheligur, la "gente de
hierro", ya que contenían
los restos de
"criaturas delgadas, negras y de un solo ojo, vestidas en
trajes de hierro" (¿armaduras?)
Uvarov comenta que estas estructuras posiblemente
radiactivas (a juzgar por su propiedades de hacer
enfermar a los que las frecuentan) están relacionadas de
algún modo con los llamados otoamokh o agujeros en la
tierra, que son pozos de los que supuestamente emanan
aterradores bólidos que estallan justo al hacer contacto con
la superficie, causando una destrucción comparable con la de
Tunguska en 1908, a juzgar por las descripciones de los
yakutes.
Las leyendas de las tribus tungus sugieren una especie de
periodicidad de 600 -700 años para cada irrupción de los
bólidos a la superficie. Las tradiciones, curiosamente, han
asignado un nombre a cada detonación. Una de ellas, la antes
mencionada en Niugun Bootur, estalló sobre una tribu enemiga
de los tungus, que la consideraron de buen augurio (y como
no...), dándole el nombre de "flamígero campeón".
Siglos después, otra explosión o bólido afectaría a todas
las tribus por igual, afectando un radio de más de mil
kilómetros y causando una mortandad nunca antes vista
entre las culturas que habitaban la bien llamada "tierra de
los dioses malignos". Esta segunda destrucción recibió el
nombre del kiun erbiie -- "el resplandeciente heraldo
del aire".
Con todo esto, Uvarov quiere proponer la existencia de un
primitivo sistema de defensa planetario creado por una
civilización antediluviana para proteger a nuestro mundo
contra impactos meteoríticos, por difícil que pueda
resultar creer en semejante situación. El hecho es que antes
del impacto o la explosión de Tunguska, las tribus nómadas
organizaron una gran reunión en la que los chamanes
advirtieron que nadie debería estar en la zona:
“Los primeros en tomar conocimiento sobre la calamidad que
se avecinaba”,
escribe Uvarov, “fueron los chamanes de las tribus
locales. Dos meses antes de la explosión, se corrió la voz
acerca del inminente “fin del mundo” de un lado de la taiga
al otro. Los chamanes advertían a los suyos del cataclismo,
y la gente comenzó a trasladar su rebaños desde el alto río
Podkamennaya Tunguska al Nizhinaya Tunguska y más lejos aún,
hacia la cuenca del río Lena. El éxodo de [la tribu] evenk
se produjo justo después de una reunión (suglan) de los
clanes nómadas durante el mes de teliat (mayo). Los
ancestros declararon a través de los chamanes que era
necesario mudarse de las tierras tradicionales...”
Fue así, entonces, que las tribus siberianas evitaron morir
abrasados por la gran conflagración que se produjo en los
bosques en junio de 1908, conocida en occidente como “la
explosión de Tunguska”.
Otro investigador ruso, Paul Stonehill, afirma que la región
de Yakutia (conocida en la actualidad como la Republica de
Sakha) cuenta con grandes cuerpos de agua mayormente
inaccesibles al hombre que cuentan con una fauna lacustre
monstruosa, principalmente los lagos Labinkir y Vorota, tal
vez producto de las radiaciones provenientes de estos
dispositivos creados por el supuesto “imperio uigur” o
comoquiera que se haya denominado la avanzada civilización
antigua que floreció en Asia hace veinte milenios.
¿Tendrían razón Ouspensky, Gurdjieff, Roerich y Theodor
Illion sobre la existencia de una extraña élite de seres
poderosos que desde hace épocas remotas controla el destino
de la humanidad desde el seno del gran continente asiático?
La gran hermandad blanca, los nueve desconocidos, el rey del
mundo – no importa la nomenclatura que se les quiera dar.
Lo cierto es que objetos raros siguen cayendo sobre la
enormidad siberiana: el 3 de octubre de 2002, las agencias
noticiosas se hicieron eco de la noticia de un supuesto
meteorito que hizo impacto en la región de Irkutsk, siendo
visto por vecinos de las aldeas de Bodaibo, Balaninisky,
Mama y Kroptokin, pudiéndose escuchar un ruido ensordecedor
y sintiéndose un terremoto poco después. ¿Habría sido
derribado por las baterías anti-asteroide que postula Uvarov
en sus investigaciones?
Norteamérica prehistórica
La jovencísima
misionera mormona no dejaba de sonreír a la vez que me
entregaba cada vez más y más panfletos sobre su fe. “¿Ha
oído hablar de nuestra religión?”
Acto seguido, pasó
a pronunciar un discurso bastante bien memorizado sobre las
virtudes y metas de la Iglesia de los Santos de los
Últimos Días y el mensaje que el libro de Mormón
guardaba para mí. Uno de los materiales que tuvo a bien
darme esa mañana de primavera sí consiguió llamar mi
atención: se trataba de una estampa mormona que ilustraba un
evento ocurrido en la “América primitiva” en la que los
danitas y nefitas se disputaban el control del continente
desde urbes con nombres como Cumorah y Zarahemla.
Indagaciones posteriores revelarían la existencia de grupos
de investigación mormona enfrascados en la labor de precisar
la ubicación exacta de estos imperios antiguos – algunos
asignándolos a la región de los indios pueblo en el suroeste
de Estados Unidos, otros con la cultura maya del Yucatán, y
aún otros con la imponente Cahokia en el centro del país,
una verdadera metrópoli indígena que supuestamente dio
refugio a doscientos cincuenta mil habitantes.
Los antropólogos se
desternillan de risa ante todo esto, aunque hay detalles un
tanto inexplicables sobre los hechos sucedidos en
Norteamérica en eras anteriores a la actual: osamentas
gigantes, algunas de ellas con cuernos; ciudadelas olvidadas
por el paso de los siglos; carreteras perfectamente trazadas
que se remontan a eras desconocidas...¿pruebas de que
existió una civilización avanzada en esta parte del mundo
hace milenios, o pura superchería?
“A través de los valles de los ríos Mississippi y Ohio se
encuentran todas clases de estructuras antiguas”,
escribe el destacado autor John A. Keel en su obra
Disneyland of the Gods (Nueva York: Amok Press, 1987),
“y los restos de una civilización que pudo haberse
comparado a las primeras civilizaciones del valle del Indo
en la India y en el Nilo de Egipto. Las investigaciones en
las capas superiores de los llamados «montículos indios» han
revelado artefactos de hierro, cobre y distintas aleaciones.
Los indios norteamericanos carecían de conocimiento alguno
sobre la metalurgia, y se limitaban a forjar hachas de
hierro meteórico, una sustancia tan poco común que las
hachas se reservaban para ocasiones religiosas y
ceremoniales. Sin embargo, se han encontrado armaduras de
cobre, diestramente confeccionadas de tubos de cobre, en
algunos montículos. Existe un gran número de esqueletos con
narices de cobre, aparentemente parte del rito de entierro;
preparaciones tan delicadas y complejas como el
procedimiento egipcio de la momificación”.
“En la región de los Grandes Lagos existe una red de
antiguas minas de cobre”,
prosigue Keel. “Algunas de éstas minas estaban en uso
hace dos mil años, y debieron haber requerido miles de
obreros para extraer y refinar el mineral. La cultura india
giraba en torno a puntas de flecha de sílex y pieles de
animal, no a la minería y a la metalurgia...La evidencia
concreta que hallamos a través de todo el continente señala
que una cultura adelantada floreció aquí mucho antes de la
llegada de los indios a través de su cruce mítico del
estrecho de Bering. Debido a que los montículos, templetes
etc., son sorprendentemente parecidos a los que se
encuentran en Europa, Asia y hasta las lejanas islas del
Pacífico, podemos especular que dicha cultura fue mundial.
Probablemente alcanzó su cenit antes de la glaciación hace
diez mil años, y se deterioró debido a las catástrofes
geológicas. Esta cultura realizó mapas del planeta entero, y
fragmentos de esos mapas sobrevivieron el paso de los siglos
hasta que llegaron a las manos de Colón. Los gigantes, que
una vez habían cargado enormes bloques de piedra de un lugar
a otro, y construyeron los monolitos que aún se yerguen
sobre todos los continentes, gradualmente decayeron a un
estado salvaje y fiero, motivados a ello por la necesidad de
sobrevivir. Posiblemente la Atlántida no se haya hundido
bajo el mar. Tal vez estemos viviendo en ella.”
EL AUTOR
ha publicado tres libros y numerosos artículos, en varios
idiomas, en las más importantes revistas especializadas en
ufología y antiguos misterios. Es fundador del Institute of
Hispanic Ufology y editor responsable de Inexplicata.us.
© Scott Corrales, 2005 – Todos los derechos reservados.
Reproducido con permiso expreso del autor
Prohibida su reproducción sin autorización previa del autor
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