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Nos internaremos en el mundo subterráneo de las cavernas,
llevados por la mano del buen Séneca, quien dijo lo
siguiente en su tratado Naturales Quaestiones :
“Aún antes del reinado de Filipo de Macedonia, los hombres
se abrieron paso en el mundo de las cavernas, donde resulta
imposible distinguir la noche del día, y penetraron los
lugares más recónditos. Vieron grandes y poderosos ríos,
enormes lagos inmóviles, y panoramas que les hicieron
temblar de miedo, pues habían descendido a un mundo en el
que la naturaleza está de cabeza. El suelo colgaba sobre sus
cabezas (¿estalactitas?) y escucharon el silbido
sordo del viento en las penumbras. En las profundidades,
aterradores ríos conducían a la nada en una oscuridad
perpetua e inhumana. Después de tantas proezas, estos
hombres ahora viven temerosos, tras haber desafiado las
llamas del averno”.
(Boston: Loeb Classical Library, 1971).
El filósofo estoico que fuera
preceptor de Nerón apuntó también que esos vientos podían
tener tal fuerza que era la causa de los devastadores
terremotos que sacudieron el mundo antiguo – ya comenzaba a
verse el intento por parte de los sabios en encontrar causas
a los fenómenos sin la necesidad de adjudicarlas a cierta
deidad u otra. No sabemos si el gran filósofo nacido en
Córdoba transmitió a Nerón su curiosidad por las cavernas y
las entrañas de nuestro planeta, pero sí tenemos constancia
de que el emperador despachó una expedición al norte de
África bajo el mando de Celesio Baso, vecino de Cartago,
para localizar una serie de cuevas supuestamente llenas de
tesoros. Aunque el legado del emperador regresó con las
manos vacías, se cree que la leyenda de dicha caverna de
tesoros pudo haber sobrevivido para inspirar la gruta de Ali
Baba en Las mil y una noches.
El mundo de las cavernas tuvo un gran atractivo para
nuestros antepasados. En todos los continentes, estos
espacios oscuros pasaron de ser meros lugares de cobijo – a
menudo arrebatados a un oso u otro animal salve – a
convertirse en santuarios en los que veneraban fuerzas
elementales o totémicas. Lugares que conocemos por sus
denominaciones contemporáneas, como Lascaux y Altamira en
Europa y Guitarrero y Lauricocha en las Américas. Resulta
casi incomprensible imaginar a nuestros ancestros
enfrascados en la dura tarea de ilustrar complejas escenas
de caza que son bellas desde nuestra perspectiva, en la
oscuridad de las grutas, asistidos sólo por la luz de las
antorchas.
Un sinnúmero de culturas considera que el origen de su
pueblo se remonta a una cueva específica. Los taínos del
Caribe, por ejemplo, afirmaban haber salido de las entrañas
de la Caverna de las Maravillas en la actual isla de La
Española. La cara opuesta de esta creencia mantiene que las
cavernas son lugares ocupados por seres inmundos. La
mitología asigna algunos de sus elementos menos inspiradores
a estos sitios, como el caso de las brujas trogloditas de
Tesalia en la tradición griega, o a dragones, gnomos y
otros seres en la tradición germánica; los estudiantes de
literatura anglosajona siempre comienzan sus estudios con la
lectura del temerario Beowulf internándose en las
profundidades para inmolar al temido Grendel.
Pero este trabajo no tiene por mira examinar situaciones
ficticias ni las asociaciones psicológicas de las cavernas:
en nuestro propio siglo XXI, bisecado por la superautopista
informativa y al borde de la realidad virtual, persiste la
creencia de que estos sitios siguen representando una fuente
de pasmo y de miedo.
En diciembre de 2006, la cadena Discovery transmitirá un
especial televisivo sobre las extrañas cavernas localizadas
por expertos en el monte Roraima de Venezuela – oquedades de
millones de años de edad donde las telarañas han pasado a
convertirse en estalactitas y los microbios se alimentan de
sílice. Pero hay cavernas más extrañas aún, vinculadas al
mundo de lo paranormal.
El alucinante mundo intraterreno
Las experiencias del esoterista Alan Greenfield – cuyos
escritos buscan el vínculo entre el fenómeno ovni y el
ocultismo – difícilmente se comparan con las legendarias
peripecias del Alan Quartermain de H.Rider Haggard, pero
representan un buen punto de partida para nuestro trabajo.
En su obra Secret Cipher of the Ufonauts (Atlanta:
Illuminet Press, 1993), Greenfield aborda el tema de las
cavernas en una entrevista con un tal “Terry R. Wriste”
(seudónimo fonético y jocoso, que significa “desgárrate las
muñecas”), presentado como “escritor de temas relacionados
con la guerrilla urbana de los ’60”. En el transcurso de la
charla entre estos personajes, el tema del siempre
controvertido Richard Shaver – defensor de la existencia de
los seres intraterrestres conocidos como “deros” o “robots
detrimentales” que aquejan a la humanidad y controlan su
forma de pensar – sale a relucir, y el guerrillero urbano
hace el siguiente comentario a Greenfield: “Sería allá
por 1961 o ’62. Ray Palmer [antiguo director de la
revista FATE] estaba reeditando muchos materiales
[escritos por] Shaver en 1940 sobre el mundo subterráneo,
que según Shaver, estaba ocupado por una civilización
antediluviana que se había trasladado a las entrañas de la
tierra, aunque Palmer y sus seguidores apostaban por una
realidad mas esotérica, como la cuarta dimensión o algo
así...pues bien, Dick Shaver tuvo problemas con la ley,
abandonó Wisconsin y fue a esconderse. Curiosamente, fue
durante este momento que obtuve su dirección y me relacioné
con un grupito de guerrilleros a ultranza que habían
decidido – sin mediar un solo concepto metafísico –
internarse en las cavernas para matar a los bastardos que
controlaban nuestras mentes. Dick le había dado
instrucciones a varios grupos anteriores, y algunos de ellos
habían ido. La mayoría no regresó, pero algunos lo hicieron,
entre ellos un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se
descubrieron una caverna cerca de Dulce, Nuevo México...”
Para los lectores que no estén familiarizados con la obra de
Richard Shaver, el mundo subterráneo de los “deros” se
conecta al nuestro a través de una serie de cavernas y
pozos, muchas veces debajo de nuestras propias urbes. Aunque
la mayor parte de este “mito” ha sido rechazado como
ciencia-ficción de pésima calidad, seguiremos con la
relación del Sr. Wrist.
“Esto habría sido en 1948, y este tío y su equipo se
internaron a través de una puerta y hacia abajo, a lo largo
de lo que parecía ser un tiro de elevador sumamente antiguo
hasta parar en una urbe intraterrena, donde localizaron a
los “deros” y – según me contó – destruyeron algunas
máquinas...no le creí, pero el mismo Shaver nos había dado
algunas ubicaciones aquí mismo en el sur de los EE.UU. que
según él, eran las cavernas que conectaban al mundo
interior...el norte de Georgia en donde se encuentra el
bosque estatal de Chatahoochee, el sur de Carolina del Norte
y el condado de White en Georgia.”
En este momento del alucinante intercambio, el escritor le
pregunta a su misterioso entrevistado: “Así que tú y tu
grupo de paramilitares buscaron la entrada al mundo
intraterreno. ¿Y qué pasó entonces?”
“Se abrió una puerta y entramos. Íbamos mucho mejor armados
que el grupo en la década de los ’40. Éramos un grupo
variopinto – veteranos recientes de la guerra de Vietnam,
fugitivos de las brigadas armadas de resistencia contra la
guerra de Vietnam, y un fulano que había luchado con los
Panteras Negras. Éramos diez en total... descendimos y hacía
mucho frío. Pensé que Shaver efectivamente había estado en
este sitio, y que se trataba de una antigua concesión
minera, hasta que pude escuchar el zumbido. Para entonces ya
estábamos en una especie de caverna, una oquedad excavada
artificialmente e iluminada con un resplandor verde y difuso
que no provenía de ninguna fuente identificable. De todos
modos, la zona parecía más una de las bases alienígenas que
se mencionan en la actualidad y no una de las ciudades de
Shaver. Nos enfrentamos con unos seres diminutos y de color
gris – humanoides a grandes rasgos – y uno de los nuestros
exclamó “¡dero!” y abrió fuego. Tenía un subfusil M-1, si
mal no recuerdo. Un solo disparo, pero la pequeña criatura
gris se iluminó repentinamente de color azul y desapareció.
Escuchamos un sonido y sentí que mi propia arma – un M-16 –
se volvía intolerablemte caliente. La dejé caer al suelo y
me di la vuelta para salir corriendo. En ese momento vi dos
criaturitas que me amenazaban con una red. Parece que la
sugestión mental que me hizo soltar el subfusil no aplicaba
a la vieja pistola Luger que llevaba en mi cinturón, y una
de las criaturillas recibió la sorpresa más desagradable de
su vida. Explotó, mientras que la otra criatura soltó la red
y salió corriendo, corriendo pendiente arriba. La perseguí,
escuchando el zumbido y el ruido de ráfagas de balas y
explosiones detrás de mí. Pero cuando salimos a la luz, el
diminuto ser desapareció... de nuestro grupo, tres regresan
a la superficie. Uno moriría de leucemia al año de haber
tenido la experiencia.”
A estas alturas, el diálogo entre el controvertido
Greenfield y el Sr. Wriste pasa de las aventuras
intraterrenas a los códigos utilizados por Aleister Crowley
para comunicarse con los “jefes secretos”, dejando a lector
más perplejo que nunca en cuanto a la realidad o irrealidad
de los hechos.
Pero las experiencias que han tenido otros con estos sitios
subterráneos no pueden pasarse por alto. Ron Calais,
veterano investigador de lo forteano, señala la odisea
vivida por los mineros David Fellin y Henry Throne,
supervivientes del colapso de una mina de carbón en el
estado de Pennsylvania en 1963. Tras su rescate, ambos
mineros afirmaron haber visto una enorme puerta abrirse en
una de las galerías de la mina, revelando la presencia de
unas escalinatas de mármol bañadas de luz azul, y seres
vestidos en “atuendos extravagantes” que los miraban
fijamente. Fellin y Throne juraron que su experiencia no
había sido una alucinación producida por la presencia de
gases venenosos o por la falta de oxígeno. Y casi una
certeza que ambos supervivientes no tenían conocimiento
alguno de las experiencias de Alfred Scadding, el único que
sobrevivió al trágico desastre de la mina Moose River en
1936. Después del desplome, Scadding y algunos compañeros de
trabajo que aguardaban el rescate juraron haber escuchado el
sonido de carcajadas y gran regocijo proveniente de una de
las galerías. Pensaron que tal vez estaban escuchando juegos
infantiles en la superficie, cuyos sonidos se filtraban a
través de algún respiradero. “No había ningún desfogue,
pero lo escuchamos claramente. Risas y alboroto, como de
gente que se divertía. El sonido duró veinticuatro horas.”
(Steiger, Brad. Atlantis Rising. NY: Signet, 1975).
Más sorprendente aún es el testimonio de Glenn Berger,
inspector de minas para el estado de Pennsylvania, quien
informó a las autoridades estatales que el derrumbe de la
mina carbonera de Dixonville en 1944 no había sido un
accidente, sino “un ataque por seres capaces de manipular
la tierra y cuyos lares habían penetrado los mineros”.
Como si de un cuento de H.P. Lovecraft se tratara, el
inspector Berger apuntó que los mineros no murieron
aplastados, sino a consecuencia de heridas producidas por
grandes garras. Uno de los sobrevivientes dijo haber visto
una criatura “inmunda” que causó el derrumbe. El informe del
inspector fue mencionado por primera vez en una nota de
prensa por Stoney Brakefield en el periódico Extra en julio
de 1974.
El mismo año en que se produjo el desastre de Moose River,
Jack McKenna, autor del libro Black Range Tales (Rio
Grande Press, 1969) tendría su propia experiencia con los
enigmas que circulan en el mundo bajo nuestros pies. Según
el autor, había tenido la oportunidad de ver la manera en
que dos doncellas amerindias parecían caminar directamente
hacia la pared de un desfiladero, sólo para salir con
cubetas de agua para darle a sus burros. Intrigado, McKenna
y su amigo, Cousin Jack, se acercaron para descubrir una
grieta que abría paso a una cueva oculta que contenía un
manantial. Al día siguiente, los dos amigos se propusieron
explorar la cueva, pensando tal vez hallar oro o minerales
dejados atrás por bandidos. No habían avanzado mucho en su
exploración cuando se toparon con huesos humanos, escuchando
una voz que suplicaba clemencia. El lector se podrá imaginar
la velocidad con que abandonaron el lugar.
La misteriosa cueva de los
montes Tatra
Desde las costas del Báltico hasta las escarpadas cuestas de
los Cárpatos, los países de Europa Oriental siempre han sido
considerados como bastante misteriosos. Estos misterios no
necesariamente tienen que ver con los vampiros – el producto
de exportación más conocido de esta región – sino con
enigmas arqueológicos y geológicos de alta extrañeza.
Uno de estos lugares es la actual república checa – la
Bohemia de los mapas antiguos – cuyas montañas encierran
varios misterios que aún aguardan investigación. En la
cuenca del río Vltava, al sur de Praga, pueden encontrarse
asentamientos celtas, megalitos y misteriosas piedras
circulares. Cerca de la población de Zdikov se encuentra “la
montaña de los gigantes”, un cerro coronado por murallas y
lo que aparecen ser restos de fortificaciones que no
corresponden a las invasiones bárbaras de los siglos IV al
VII. Estructuras parecidas existen en los montes que rodean
los poblados de Sumava y Cesky Les. Pero fue en Zdikov donde
se produjo un hallazgo extraordinario en el siglo XVIII – el
fémur de un supuesto gigante.
De acuerdo con la investigadora checa Jana Hanka, los
vecinos afirmaban el enorme hueso (que casi seguramente
correspondía a algún reptil prehistórico) correspondía a los
gigantes que en su momento vivieron en aquella comarca. Tan
grande era el hueso que los vecinos lo colocaron sobre un
riachuelo y lo usaron de puente. Pero doscientos kilómetros
al este de Praga, en la ciudad de Zdad nad Sazavou, se
rumora que los labriegos dieron con la osamenta de una mujer
gigante cubierta con una extraña armadura, caso que recuerda
a los gigantes hallados en el continente americano.
¿Fueron dichos gigantes los creadores de la intrigante
estructura sepultada en la roca viva de las cordilleras de
la Bohemia Checa que describió el doctor Antonin Horak?
Horak, quien en 1944 ostentaba el rango de capitán en la
rebelión checa contra los nazis, descubrió una estructura
rarísima que describió como un “tiro de pozo” de piedra lisa
claramente artificial que existía al final de una cueva
cerca de las aldeas de Lubocna y Plavince. El relato del
doctor Horak, que recuerda poderosamente a cualquier
experiencia vivida por un personaje de H.P. Lovecraft, tomó
lugar el 23 de octubre de 1944 mientras que los partisanos
buscaban dónde refugiarse y recuperarse después de una
“razzia” contra la Wehrmacht del Tercer Reich. Las
referencias que tenemos al respecto nos llegan de la mano
del mismo Horak, publicadas en marzo de 1965 en el boletín
NSS News (Sociedad Espeleológica Nacional).
Tras de describir una cruenta batalla contra los alemanes
durante una nevada, el autor pasa a describir la manera en
que un granjero llamado Slavek se ofrece a ocultar a los
sobrevivientes de la refriega dentro de una gruta. Antes de
entrar a la gruta, el granjero se persigna de manera muy
ceremoniosa, y una vez dentro, le pide a Horak que le
prometa no internarse en las profundidades de las cavernas,
ya que se trataba de un lugar “encantado”. El aguerrido
soldado, más preocupado en buscar una salida alternativa a
la cueva o descubrir la madriguera de algún oso que pudiese
atacar a sus hombres, hace caso omiso de las advertencias
del granjero y se dispone a explorar la cueva. “Comencé
mi inspección de la caverna”, escribe Horak, “con un
rifle, una linterna, antorchas y pico. Después de una
caminata ni muy torcida ni azarosa, pude atravesar algunos
sitios apretados, tomando siempre los pasadizos más fáciles
y marcando los pasadizos laterales. Después de 1 ½ horas
conseguí ganar un pasadizo largo y nivelado, que terminaba
en un agujero del tamaño de un barril”.
El partisano logra franquear el agujero casi arrastrándose
para encontrar una maravilla siniestra: algo que parecía un
gran silo negro, descansando sobre un fondo blanco. Pensando
que se trataba de una cortina natural de carbón, sal negra,
hielo o lava, Horak se dispuso a tocarla, haciendo un
descubrimiento que le causaría bastante azoro: “Me quedé
perplejo, luego sorprendido, cuando me di cuenta que se
trataba del flanco – tan liso como el vidrio – de una
estructura hecha por la mano del hombre que ocupa las rocas
por todas partes. Su curvatura, bella y cilíndrica, indica
que se trata de un cuerpo enorme con un diámetro de unos
veinticinco metros. Las estalagmitas y estalactitas
constituyen el marco de blanco refulgente que rodea esta
estructura en los puntos en que se encuentra con las rocas...”
La imaginación nos lleva a pensar, en este momento, en la
lustrosa piedra negra e indestructible con que J.R.R.
Tolkien fabrica la torre de Orthanc en su epopeya” El
Señor de los Anillos”. Pero estamos en las montañas del
centro de Europa en plena guerra mundial, y en vez de un
explorador tenemos a un partisano que busca una vía de
escape alternativa y no tesoros ni maravillas. Horak
descubre que esta estructura primigenia parece combinar las
propiedades del acero, pedernal y caucho tras de atacarla
con su pico, que no hizo mella en la superficie y rebotó
fácilmente. A estas alturas Horak comienza a sentir cierto
temor sobre una estructura desconocida en una montaña
ignota, pero descubre una grieta en la pared; arroja una
antorcha a través de esta abertura y puede escuchar un
sonido parecido al de “un azadón caliente que hace
contacto con un balde de agua”.
Al día siguiente, mientras que sus compañeros de batalla
descansaban y consumían las provisiones que les habían
traído los granjeros a la caverna, Horak decidió internarse
de nuevo en las profundidades para proseguir su
investigación. Esta vez logró internarse físicamente en la
grieta, sufriendo cortaduras producidas por las filosas
piedras en su interior, para describir un pavimento al otro
lado que tenía la misma sensación de suavidad que la
misteriosa pared. “La lámpara seguía ardiendo a mi lado,
pero se escuchaban sonidos confusos. Encendiendo algunas
antorchas, puede ver que me encontraba dentro de un tiro de
pozo curveado y negro con forma de creciente y casi
vertical. No puedo descubrir los susurros sombríos e
interminables, los crujidos y sonidos rugientes, ecos
anormales de mi propia respiración y mis movimientos...”
Horak cierra su escrito diciendo: “Soy un individuo de
formación académica pero me veo obligado a admitir que entre
aquellas peñas negras, satinadas y matemáticamente curveadas
me sentí como si fuera presa de un poder sumamente extraño y
maligno...durante mi última visita al lugar, examiné la
ladera de la montaña sobre la zona y no encontré ni
sumideros ni pozos, las supuestas conexiones al “tiro de
pozo de la luna”. Pero en estas escarpadas pendientes de los
montes Tatra, es muy posible que las avalanchas hayan
arrasado o rellenado cualquier conexión parecida”.
¿Quién vive en las profundidades?
La cueva conocida como Devil’s Hole (agujero del diablo)
en el estado de Arkansas resulta interesante, ya que se
trata de la morada del legendario lagarto devorador de
humanos denominado “Gowrow”. En 1890, E.J. Rhodes,
propietario del terreno en el que ubica la caverna, hizo que
sus obreros bajaran cientos de pies de cuerda con una barra
de hierro para medir su profundidad. El barrote hizo impacto
contra algo sólido y los obreros escucharon un sonido
siseante, como el que produce una bestia hostil. Al sacar la
cuerda, comprobaron que el lingote de hierro estaba torcido
y supuestamente con mordeduras. Los trabajadores volvieron a
bajar una piedra, y escucharon el mismo siseo que antes –
pero en esta ocasión, la piedra quedó cortada de la cuerda.
No hay pruebas de que el Sr. Rhodes realizara más pruebas
para sondear la cueva.
El “Gowrow” no es el único morador de las profundidades
de la meseta Ozark que ocupa el estado de Arkansas. La
población de Cushman en dicho estado goza de gran fama
regional por sus profundas cavernas, en las que exploradores
han enfrentado todo desde gases venenosos, fenómenos
electromagnéticos, desapariciones inexplicadas e insectos
gigantes. Una de estas cuevas lo es “Blowing Cave” (la
caverna de los soplos, que recuerda a las observaciones de
Séneca sobre las cuevas y los vientos) en la zona minera al
noroeste de Cushman. Entre la gran entrada al sistema
subterráneo y el lago que domina sus profundidades, existe
un sendero que conduce a lo largo de un campo de escoria. A
mitad del sendero hay una fisura en la tierra que
supuestamente conduce a niveles más profundos que no han
sido explorados oficialmente.
En 1966, los periódicos de la australiana ciudad de
Darwin transmitieron la noticia de que una operación de
perforación de pozos había dado con extraños restos animales
a ciento dos pies de profundidad.
Norman Jensen, avezado perforador de pozos de agua, había
estado enfrascado en su labor a quince millas del
asentamiento Killarney, 350 millas al sur de Darwin en los
Territorios del Norte. La broca de Jensen – según los
escritos – había perforado las capas esperadas de arcilla y
arenisca cuando a los ciento dos pies de profundidad, la
broca cedió, como si hubiese hecho contacto con una
superficie blanda, descendiendo rápidamente a los ciento
once pies. Seguro de haber dado con el manto freático,
Jensen hizo bajar una bomba para comprobar la calidad del
agua. Pero en vez de producir el ansiado líquido, el aparato
expulsó una cantidad de tejidos, pelo, huesos y cuero.
El perforador dio parte a las autoridades sobre su
macabro hallazgo, diciéndole al condestable local que jamás
había visto nada parecido en su vida. Las sustancias
permanecieron en el patio del asentamiento Killarney, donde
fueron consumidos por los pollos que cuidaban los dueños,
aparentemente sin efectos nocivos.
La Dirección de Salubridad de la ciudad de Darwin informó
al rotativo que las muestras eran mayormente de pelo y
carne, y que se habían remitido mas muestras a los
laboratorios de la ciudad de Adelaide sin que se obtuviese
una respuesta definitiva. Según la opinión del profesor W.A.
Langford, titular del ministerio, existía la posibilidad
remota de que el tejido pudiese ser humano (Revista Fate,
Septiembre 1966)
Si los restos
australianos pueden atribuirse a una especie de topo gigante
o criatura aún desconocida para la ciencia, ¿qué podemos
pensar de la caverna en Turquía cuyo “récord” de
desapariciones obligaron al gobierno turco a cerrar su
entrada con barrotes?
La cueva de Pamukkale, denominada “Plutonion” (Πλουτωνειον) por los antiguos y
adyacente a las ruinas del antiguo templo al dios Apolo en
la ciudad helenística de Hierapolis, siempre fue considerada
de mal agüero por la cantidad de personas que morían o
desparecían en ella. El filósofo Estrabón comentó que los
animales que se internaban en dicha caverna no volvían a
salir, y que muchos humanos que franqueaban el umbral habían
desaparecido también, agregando el detalle de que los
hechiceros habían pactado con Hécate para permitir su
entrada y salir de ella “bañados en un resplandor rojo”. La
revista OMNI para el mes de enero de 1989 incluyó una
entrevista con Sheldon Aronson, catedrático de microbiología
en la Queens College de Nueva York, quien comentó sobre la
desaparición de un grupo de estudiantes australianos justo
antes de su visita a Pamukkale. “Los turcos clausuraron
la entrada a la cueva para impedir que entraran otros. Hasta
donde tenemos conocimiento, nunca se volvió a saber de los
australianos”. Aunque bien puede decirse que las
desapariciones fueron consecuencia de los gases venenosos, o
tal vez bandidaje, la antigüedad de la mala fama del
Plutonion no deja de ser sorprendente, y trae a colación
otras desparaciones supuestamente producidas en la isla de
Malta.
La prestigiosa – y lamentablemente desaparecida – revista
PURSUIT, órgano de difusión de la organización SITU creada
por el legendario criptozoologo Ivan Sanderson, presenta en
su número del verano de 1978 un escrito del doctor Ron
Anjard. Este estudioso afirmó tener conocimiento personal
sobre la existencia de más de cuarenta ciudades
subterráneas, media docena de ellas en la costa oeste de
América del Norte. Según el trabajo, Anjard obtuvo su
información partiendo de una serie de entrevistas con
fuentes amerindias, llevándolo a concluir que ciertas tribus
aún mantienen la tradición de lugares subterráneos ocupados
por seres humanos. Más atrevida es la afirmación hecha por
el Dr. Hank Krastman, sugiriendo que los indios hopis “se
mantienen en contacto con sus primos subterráneos hasta el
sol de hoy”. Los hopis intraterrenos, según Krastman,
huyeron de los anglosajones y se refugiaron en las ciudades
abandonadas del West norteamericano. Si consideramos la
existencia de la subterránea Derinkuyu en Turquía, que se
mantuvo habitada por siglos sin que los imperios que
controlaron Anatolia tuviesen conocimiento de ella, la
sugerencia del letrado no resulta tan extravagante como
pudiese parecer al principio.
EL AUTOR
ha publicado tres libros y numerosos artículos, en varios
idiomas, en las más importantes revistas especializadas en
ufología y antiguos misterios. Es fundador del Institute of
Hispanic Ufology y editor responsable de Inexplicata.us.
© Scott Corrales, 2006 – Todos los derechos reservados.
Reproducido con permiso expreso del autor
Prohibida su reproducción sin autorización previa del autor
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