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La
topografía del noroeste de México es marcadamente distinta a
la del resto del país. La Sierra Madre Oriental representa
una barrera formidable a las incursiones de los seres
humanos, y aun representa un desafío a los mejores esfuerzos
del hombre moderno. Hasta la fecha, tan solo una carretera y
una vía de ferrocarril traspasan esta valla montañosa, cuyas
cimas alcanzan alturas de nueve mil pies en algunos sitios y
se desploman a profundidades mayores que la del Gran Cañón
del Colorado en otras. Para los antiguos habitantes de estas
tierras, sin embargo, esta escarpada geografía no
representaba óbice alguno. De hecho, florecieron en el sitio
conocido como Paquimé, una de las estructuras antiguas más
sorprendentes en el continente.
No hay
ruinas que se le comparen en México, ni en toda Mesoamérica.
Las estructuras angulares de Monte Albán y Uxmal vienen
siendo estructuras suavemente redondeadas, y la gran
Teotihuacán no más que un cerro escalonado. La impresión
original que recibe el espectador al ver Paquimé es la de
haber visto estas ruinas antes, pero en un sitio y contexto
completamente distinto. El cerebro conjurará recuerdos de la
leyenda del rey Minos de Creta y el laberinto construido por
el sabio Dédalo para ocultar al temido Minotauro – una
leyenda cuya cuna se encuentra a miles de kilómetros de las
arenas mexicanas. En cierto modo, Paquimé hasta tiene un
lejano eco de Mohenjo-Daro y Harappa, las ciudades muertas
de la cuenca del Indo.

Sitio arqueológico de Paquimé
Desde
comienzos de la década de 1890, cuando los arqueólogos
comenzaron a trabajar en serio en el norte de Chihuahua, los
veredictos sobre el sitio arqueológico de Paquimé han
variado de un investigador a otro y de generación en
generación. El arqueólogo Charles Dipeso, realizador de
labores exhaustivas en Paquimé, apoya el concepto de esta
comunidad laberíntica como un puesto comercial entre
culturas totalmente distintas: la refinada Mesoamérica y las
tribus menos sofisticadas del norte. El conferencista Curt
Schaafsma ha manifestado su opinión de que lejos de ser un
mero puesto comercial, Paquimé y la “cultura de Casas
Grandes” representaron un microcosmos autónomo que servía de
nexo entre los Indios Pueblos y el sur de México. La mayoría
de los investigadores, no obstante, concuerdan que la zona
ya estaba ocupada para el 7000 a.c., pero tan solo por
cazadores y recolectores conocidos como “los pueblos del
desierto”.
Satisfechos con esta evidencia prima facie, los estudiosos
cómodamente ubican a Paquimé dentro del contexto de la
ocupación humana muy reciente. El cenit de esta cultura,
según este concepto, habría sido entre el 1250 y el 1350 d.c.,
y sus muros y pasadizos laberínticos nunca dieron cabida a
más de cuatro mil personas.
Paquimé contaba originalmente con “edificios de pisos” al
estilo de la cultura anazasi, con una altura de tres a cinco
pisos, fabricados de lodo endurecido en vez de adobe, y con
escaleras de madera que permitían el acceso a los pisos
superiores. La ciudad contaba con canales recubiertos de
losas que transportaban agua a los edificios desde un
manantial situado a casi dos kilómetros de distancia. Los
estudios arqueológicos minuciosos han comprobado que los
vecinos de la ciudad se dedicaban mayormente a pulir
turquesas y otras piedras extraídas de minas cercanas, o
provenientes de las cercanas Arizona y Nuevo México. Paquimé
parece haberse convertido en un importante punto de traslado
de turquesas del norte, destinadas al sur, recibiendo a
cambio plumas de aves exóticas y concas de caracol
destinadas a los jefes de las comunidades de los indios
pueblos. El nivel de sofisticación ha sorprendido a los
investigadores contemporáneos, sobre todo al descubrir la
existencia de antiguos sistemas de calefacción utilizados
para proveer calor a los lugares en que se guardaban las
jaulas de aves exóticas. La urbe laberíntica estaba rodeada
de aldeas más pequeñas con cientos de habitantes en cada
una. Las excavaciones indican la existencia de un perímetro
defensivo de torres de vigilancia, tal vez destinadas a
defender el emplazamiento contra invasiones.
Pero
poco le valieron sus defensas contra los invasores del
norte. Una de las tribus más feroces de depredadores y
asoladores que saliera del suroeste americano condujo
“razzias” tan al sur como el valle del Anáhuac durante el
siglo XIII. Según las antiguas crónicas, los depredadores
vestían ropas de cuero e iban armados con arcos y flechas.
Estos intrusos sin nombre estaban al mando de Xólotl, el
“Alarico mexicano”, quien finalmente asentó a sus seguidores
en las cercanías de Tenayuca.
Resulta posible que esta marejada bárbara haya sido
responsable de la destrucción de Paquimé en algún momento
durante los siglos XIII-XIV, dejando la urbe abandonada
antes de que el primer galeón español zarpara hacia las
Américas.
Sin
embargo, un osado grupo de revisionistas comienzan a opinar
que hay mucho más que contar, y que las cronologías recién
actualizadas son incorrectas. ¿Pudo haber sido Paquimé el
lugar mítico conocido como Aztlán?
La
tradición náhuatl afirma que las tribus mexicanas salieron
de un lugar mítico en el norte denominado “Aztlán”. Los
arqueólogos lo sitúan tan al norte como Colorado y Utah,
asociándolo con la cultura anazasi, particularmente con el
asentamiento de Mesa Verde, Colorado.
Los
cronistas coloniales tenían distintas opiniones sobre la
ubicación de este sitio legendario. Fray Diego Durán,
escribiendo en el siglo XVI, sugirió que las tribus
“nahuatlacas” (parlantes en náhuatl) de la que formaban
parte los aztecas provenían de “una serie de cuevas en
Teoculuacán, conocida también como Aztlán, una tierra que se
nos ha dicho yace al norte en tierra firme, junto con la
Florida”. Los declarantes nativos del sacerdote español
seguramente le advirtieron sobre lo que sostenían sus
propias tradiciones: que las siete tribus salieron de “las
siete cuevas” para buscar las tierras al sur.
El
buen fraile estaría sorprendido al saber que los aztecas
sintieron suficiente curiosidad sobre sus propios orígenes
bajo el reinado de Moctezuma Ihuilcamina (‘flechador del
cielo’) que dicho monarca mandó a sus cortesanos a emprender
lo que hoy llamaríamos una “misión de observación” sobre el
origen de su raza. Le tocó a Cuauhcoatl, el historiador de
palacio, informarle al príncipe azteca que Aztlán
significaba “blancura” y que se trataba de una tierra
colmada de aves acuáticas de todas las descripciones, peces
y vegetación ribereña.
No
obstante, la Crónica Mexicana redactada en náhuatl por don
Fernando Tezozomoc indica que “la Aztlán de los antiguos
mexicanos se encuentra en el sitio hoy conocido como Nuevo
México…había bosques, cuestas, desfiladeros, sembradíos de
dulces plantas de maguey (agave)…cuando partieron hacia
donde nos encontramos, lo hicieron a pie, cazando y comiendo
ciervos, liebres, bestias, víboras y aves. Viajaban con sus
zurrones de cuero, comiendo cualquier cosa que cruzara su
camino…”
Resulta obvio que los cronistas no están de acuerdo en
cuanto a las características físicas de los sitios que nos
ofrecen.
Para
fines del siglo XIX, el libro México a Través de los Siglos
de Alfredo Chavero presentaba la idea que las tribus
nahuatlacas eran una de las razas más antiguas del planeta,
que Aztlán era su reino original, y que tenían a Paquimé por
capital. Este imperio náhuatl, a falta de nombre, se dislocó
cuando parte de sus pobladores se dirigió al sur, hacia el
altiplano mexicano.
Rumores sobre la existencia de esta rara ciudad geométrica
llegó a los oídos de los conquistadores. Con la cultura
azteca sojuzgada, se desplazaron al norte para realizar más
conquistas, pero su progreso frenó con la fundación de
Culiacán (Sinaloa) en 1531 debido a la naturaleza fiera de
los habitantes de esas regiones desérticas. Aun así, las
extrañas y maravillosas narraciones de Alvar Núñez Cabeza de
Vaca serían el catalizador que impulsaría a las tropas
españolas hacia el norte nuevamente.
Cabeza
de Vaca había sobrevivido el naufragio de una expedición
destinada a conquistar la Florida. El desventurado soldado y
tres compañeros se salvaron del desastre y trabaron amistad
con las tribus nativas que encontraron en el camino.
Vestidos con las pieles que les regalaran los nativos, los
náufragos pasaron ocho años vagando por la amplia faja de
territorio entre el rio Misisipí y el golfo de California.
Eventualmente llegaron al norte de México (Nueva Galicia),
dominada por el temible Nuño de Guzmán, quien se burló de
ellos y los envió a la Ciudad de México en grilletes.
Pero
la supuesta riqueza de los reinos de Cíbola y Quiviria,
incrementada por las narraciones sugerentes de Cabeza de
Vaca, hicieron que el recién nombrado virrey Antonio de
Mendoza enviase una expedición en 1540 con el fin de
subyugar a los “cibolos” y adueñarse de sus tesoros. La
desilusión sufrida por los supuestos conquistadores es
legendaria. Las siete ciudades de Cíbola ingresaron a las
filas de otros reinos como el del Preste Juan y El Dorado,
fruto de la mente humana.

Antiguo mapa representando las siete ciudades de Cíbola
No
obstante, la fallida expedición dio lugar a una visita
posterior en 1565 por Francisco de Ibarra, quien legaría al
futuro una de las mejores descripciones de Paquimé, una
ciudad que parecía “haber sido fundada por los romanos…llena
de casas señoriales de gran altura y fuerza, con seis o
siete plantas y torres, amuralladas como fortalezas.” Ibarra
no escatimaba en sus descripciones: “La ciudad tiene patios
amplios y hermosos, cubiertos con grandes losas parecidas al
jaspe…y muros pintados de distintos colores.”
La
ciudad, según las tribus locales, había estado abandonada
desde que sus pueblos tuvieron conocimiento de la zona. Le
informaron al cronista que ellos no estaban relacionados de
ninguna manera con los personajes extraños que habían vivido
dentro de esta simetría tan exacta.
Durante el auge en el interés por la criptoarqueología
durante los ’60 y ’70, ciertos autores presentaron hipótesis
inquietantes sobre el origen de los misteriosos toltecas,
olmecas y hasta los mayas. Algunas de estas teorías llegaron
a asignarle un origen extraplanetario a estas culturas
poco conocidas.
Según
Manuel Amabilis, autor de Los Atlantes en Yucatán, los
toltecas eran sobrevivientes del hundimiento de la Atlántida
que se habían establecido en México. Desde Tula, su capital,
estos postaltantes se esparcieron por la tierra, regando su
influencia tan lejos como la actual Chihuahua. Paquimé, cuya
extraña arquitectura presenta ciertos rasgos toltecas, pudo
haber sido un puesto de avanzada, haciendo de ella una
ciudad mucho más antigua que ninguna otra en América del
Norte. Los investigadores ortodoxos, aferrados a sus
cronologías, insisten que la “cultura de Casas Grandes”
floreció durante el interregno de las culturas tolteca y
azteca.
Siguiendo semejante trayectoria, existen tan solo unos
cuantos grados de separación entre la creencia en la
Altántida y la creencia en los ovnis. Mientras que la
arqueología se opone a semejantes postulados, los desiertos
del norte de México están llenos de indicios de vida que no
es humana.
Chihuaha y Sonora son el hogar ancestral de los enigmáticos
tarahumaras, cuyas creencias fueron recogidas por Carl
Lumholtz, el investigador del siglo XIX, quien enfrentó el
paisaje casi lunar del desierto de Altar y las profundidades
de Barranca del Cobre para convivir con esta cultura.
Los
tarahumaras expresaron el concepto de que los humanos no
siempre habían sido los principales habitantes de la región.
Los cocoyomes – como los denominaba la tradición tarahumara
– eran seres de baja estatura y cabeza grande que no
consumían maíz, el alimento principal de las Américas, y
solo se nutrían del agave. Esos seres ocupaban las cavernas
en lo alto de los desfiladeros y bajaban a los ríos a beber
durante la tarde, puesto que no soportaban la luz solar. La
tradición nativa afirma que los cocoyomes con sus grandes
cabezas “se volvieron insoportables” y que el sol bajo a la
tierra para eliminarlos. Los pocos sobrevivientes huyeron a
las profundidades de las cuevas. (Lumholtz, Carl. El México
Desconocido, Traduc. al castellano por Balbino Dávalos,
Nueva York: Charles Scribner's Sons, 1904).
¿Serían estos seres no humanos los arquitectos originales de
Paquimé, y los responsables de su extraña configuración?
Francisco Ochoa, periodista e investigador ovni, considera
que la leyenda de la destrucción solar puede referirse a un
OVNI que por razones desconocidas se llevó o destruyó a los
cocoyomes. Hasta nuestros días, cuando se ven luces
inexplicadas sobre la zona, los nativos las asocian
automáticamente con estos seres enigmáticos.
Podemos aportar un dato muy interesante a estas alturas: en
1936, el poeta y dramaturgo surrealista Antonin Artaud
visitó el norte de México consumido por el deseo de conocer
a los tarahumaras, y en sus propias palabras "buscar las
raíces de una tradición mágica que aún puede encontrarse en
su suelo nativo". (Voyage Au Pays des Tarahumaras, Parisot,
1944)Al igual que Lumholtz, la búsqueda de Artaud le llevó a
Barranca del Cobre, a caballo y con un guía nativo.
Eventualmente alcanzó el corazón de las tierras tarahumaras
justo a tiempo para ver presenciar una ceremonia nativa que
le dejó atónito: el degollamiento ritual de un toro,
idéntico a la ceremonia que describe Platón en su dialogo
Critias. Los gobernantes de la Atlántida, según Platón, se
reunían al ocaso frente a un toro recién degollado mientras
que sus sirvientes recogían la sangre derramada en copas,
entonando cantos funerarios hasta el día siguiente.
Posteriormente, cubrían sus cabezas con cenizas y los
cánticos cambiaban de tono a la par que el círculo en torno
al animal muerto se hacía más estrecho. Artaud escribiría
posteriormente: "Los tarahumaras, a quienes considero
descendientes directos de los atlantes, aún cultivan este
ritual mágico." El poeta pasa a describir el rictus de dolor
indescriptible en la boca del animal, la manera en que los
nativos recogen su sangre en jarras, y los bailarines que
ostentan coronas espejadas, con delantales triangulares
parecidos a los que se utilizan en la francmasonería.
"Cantaron entonces un cántico lúgubre, un llamado secreto de
una fuerza oscura e inimaginable, una presencia desconocida
del más allá..." Por el resto de sus días, Artaud se vería
quejado por imágenes de pesadilla como consecuencia de su
estadía entre los tarahumaras, especialmente por su consumo
del alucinógeno sagrado, el peyote.
EL AUTOR
ha publicado tres libros y numerosos artículos, en varios
idiomas, en las más importantes revistas especializadas en
ufología y antiguos misterios. Es fundador del Institute of
Hispanic Ufology y editor responsable de Inexplicata.us. y
arcanamundi.
© Scott Corrales, 2015 – Todos los derechos reservados.
Reproducido con permiso expreso del autor
Prohibida su reproducción sin
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